La Vuelta de Martín Fierro I
Canto de José Hernández

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Índice

I II
III IV
V VI
VII VIII
IX X
XI XII
XIII XIV
XV XVI

I
MARTIN FIERRO

Atención pido al silencio
y silencio a la atención,
que voy en esta ocasión,
si me ayuda la memoria,
a mostrarles que a mi historia
le faltaba lo mejor.

397
Viene uno como dormido
cuando vuelve del desierto;
veré si a esplicarme acierto
entre gente tan bizzarra
y si al sentir la guitarra
de mi sueño me despierto.

398
Siento que mi pecho tiembla,
que se turba mi razón,
y de la viguela al son
imploro a la alma de un sabio
que venga a mover mi labio
y alentar mi corazón

399
Si no llego a treinta y una
de fijo en treinta me planto,
y esta confianza adelanto
porque recibí en mi mismo,
con el agua del bautismo,
la facultá para el canto.

400
Tanto el pobre como el rico
la razón me la han de dar;
y si llegan a escuchar
lo que esplicaré a mi modo,
digo que no han de rair todos:
algunos han de llorar.

401
Mucho tiene que contar
el que tuvo que sufrir,
y empezaré por pedir
no duden de cuanto digo;
pues debe creerse al testigo
si no pagan por mentir.

402
Gracias le doy a la virgen,
gracias le doy al Señor,
porque entre tanto rigor
y habiendo perdido tanto,
no perdí mi amor al canto
ni mi voz como cantor.

403
Que cante todo viviente
otorgó el Eterno Padre;
cante todo el que le cuadre
como lo hacemos los dos
pues sólo no tiene voz
el ser que no tiene sangre.

404
Canta el pueblero... Y es pueta;
canta el gaucho... Y, ¡ay Jesús!,
Lo miran como avestruz,
su inorancia los asombra;
mas siempre sirven las sombras
para distinguir la luz.

405
El campo es del inorante,
el pueblo del hombre estruido;
yo que en el campo he nacido
digo que mis cantos son
para los unos... Sonidos,
y para otros... Intención.

406
Yo he conocido cantores
que era un gusto el escuchar;
mas no quieren opinar
y se divierten cantando;
pero yo canto opinando,
que es mi modo de cantar.

407
El que va por esta senda
cuanto sabe desembucha,
y aunque mi cencia no es mucha,
esto en mi favor previene;
yo se el corazón que tiene
el que con gusto me escucha.

408
Lo que pinta este pincel
ni el tiempo lo ha de borrar;
ninguno se ha de animar
a corregirme la plana;
no pinta quien tiene gana
sino quien sabe pintar.

409
Y no piensen los oyentes
que del saber hago alarde;
he conocido aunque tarde,
sin haberme arrepentido,
que es pecado cometido
el decir ciertas verdades.

410
Pero voy en mi camino
y nada me ladiará;
he de decir la verdá;
de naides soy adulón;
aqui no hay imitación;
esta es pura realidá.

411
Y el que me quiera enmendar
mucho tiene que saber;
tiene mucho que aprender
el que me sepa escuchar;
tiene mucho que rumiar
el que me quiera entender.

412
Más que yo y cuantos me oigan,
más que las cosas que tratan,
más que los que ellos relatan,
mis cantos han de durar;
mucho ha habido que mascar
para echar esta bravata.

413

Brotan quejas de mi pecho,
brota un lamento sentido;
y es tanto lo que he sufrido
y males de tal tamaño
que reto a todos los años
a que traigan el olvido.

414
Ya verán si me despierto
cómo se compone el baile;
y no se sorprenda naides
si mayor fuego me anima;
porque quiero alzar la prima
como pa tocar al aire.

415
Y con la cuerda tirante
dende que ese tono elija,
yo no he de aflojar manija
mientras que la voz no pierda,
si no se corta la cuerda
o no cede la clavija.

416
Aunque rompí el estrumento
por no volverme a tentar,
tengo tanto que contar
y cosas de tal calibre,
que Dios quiera que se libre
el que me enseñó a templar.

417
De naides sigo el ejemplo,
naides a dirigirme viene;
yo digo cuanto conviene,
y el que en tal güeya se planta,
debe cantar, cuando canta,
con toda la voz que tiene.

418
He visto rodar la bola
y no se quiere parar;
al fin de tanto rodar
me he decidido a venir
a ver si puedo vivir
y me dejan trabajar.

419
Sé dirigir la mansera
y tambien echar un pial;
sé correr en un rodeo,
trabajar en un corral;
me se sentar en un pértigo
lo mesmo que en un bagual.

420
Y enpriéstenmé su atención
si ansí me quieren honrar
de no, tendré que callar,
pues el pájaro cantor
jamás se para de cantar
en árbol que no da flor.

421
Hay trapitos que golpiar
y de aquí no me levanto;
si quieren que desembuche:
tengo que decirles tanto
que les mando que me escuchen.

422
Déjenmé tomar un trago:
estas son otras cuarenta
mi garganta esta sedienta,
y de esto no me abochorno,
pues el viejo, como el horno,
por la boca se calienta.



II

423
Triste suena mi guitarra
y el sunto lo requiere;
ninguno alegrías espere
sino sentidos lamentos
de aquel que en duros tormentos
nace, crece, vive y muere.

424
Es triste dejar sus pagos
y largarse a tierra ajena
llevándose la alma llena
de tormentos y dolores;
mas nos llevan los rigores
como el pampero a la arena.

425
Irse a cruzar el desierto
lo mesmo que un forajido,
dejando aquí en el olvido,
como dejamos nosotros,
su mujer en brazos de otro
y sus hijitos perdidos.

426
¡Cuantas veces al cruzar
en esa inmensa llanura,
al verse en tal desventura
y tan lejos de los suyos,
se tira uno entre los yuyos
a llorar con amargura!

427
En la orilla de un arroyo
solitario lo pasaba,
en mil cosas cavilaba
y, a una güelta repentina,
se me hacía ver a mi china
o escuchar que me llamaba.

428
Y las aguas serenitas
bebe el pingo trago a trago,
mientras sin ningún halago
pasa uno hasta sin comer,
por pensar en su mujer,
en sus hijos y en su pago.

429
Recordarán que con Cruz
para el desierto tiramos
en la pampa nos entramos,
cayendo, por fin del viaje,
a unos toldos de salvajes,
los primeros que encontramos.

430
La desgracia nos seguía:
llegamos en mal momento;
estaban de parlamento
tratando de una invasión
y el indio en tal ocasión
recela hasta de su aliento.

431
Se armó un tremendo alboroto
cuando nos vieron llegar;
no podiamos aplacar
tan peligroso hervidero;
nos tomaron por bomberos
y nos quisieron lanciar.

432
Nos quitaron los caballos
a los muy pocos minutos;
estaban irresolutos;
¡quién sabe qué pretendían!
Por los ojos nos metían
las lanzas aquellos brutos.

433
Y déle en su lengüeteo
hacer gestos y cabriolas;
uno desató las bolas
y se nos vino enseguida;
ya no créiamos con vida
salvar ni por carambola.

434
Alla no hay misericordia
ni esperanza que tener;
el indio es de parecer
que siempre matar se debe,
pues la sangre que no bebe
le gusta verla correr.

435
Cruz se dispuso a morir
peliando y me convidó.
"Aguantemos", dije yo,
"El fuego hasta que nos queme".
Menos los peligros teme
quien más veces lo venció.

436
Se debe ser mas prudente
cuando el peligro es mayor;
siempre se salva mejor
andando con alvertencia
porque no está la prudencia
reñida con el valor.

437
Vino al fin el lenguaraz
como a trairnos el perdón;
nos dijo:"La salvación
se la deben a un cacique;
me manda que les esplique
que se trata de un malón.

438
"Les ha dicho a los demás
que ustedes quedan cautivos
por si cain algunos vivos
en poder de los cristianos,
rescatar a sus hermanos
con estos dos fugitivos."

439
Volvieron al parlamento
a tratar de sus alianzas,
o tal vez de las matanzas,
y, conforme les detallo,
hicieron cerco a caballo
recostándose en las lanzas.

440
Dentra al centro un indio viejo
y alli a lengüetiar se larga;
¡quién sabe qué les encarga!
Pero toda la riunión
lo escuchó con atención
lo menos tres horas largas.

441
Pegó al fin tres alaridos
y ya principiaba otra danza;
para mostrar su pujanza
y dar pruebas de jinete,
dió riendas rayando el flete
y revoliando la lanza.

442
Recorre luego la fila,
frente a cada indio se para,
lo amenaza cara a cara
y, en su juria, aquel maldito
acompaña con su grito
el cimbrar de la tacuara.
443
Se vuelve aquello un incendio
mas feo que la mesma guerra:
entre una nube de tierra
se hizo allí una mezcolanza
de potros, indios y lanzas,
con alaridos que aterran.

444
Parece un baile de fieras
sigún yo me lo imagino;
era inmenso el remolino,
las voces aterradoras;
hasta que al fin de dos horas
se aplacó aquel torbellino.

445
De noche formaban cerco
y en el centro nos ponían;
para mostrar que querían
quitarnos toda esperanza,
ocho o diez filas de lanzas
alrrededor nos hacían.

446
Allí estaban vigilante
cuidandonos a porfía;
cuando roncar parecían
"Huincá", gritaba cualquiera,
y toda la fila entera
"Huincá", "Huincá", repetía.

447
Pero el indio es dormilón
y tiene un sueño projundo;
es roncador sin segundo
y en tal confianza es su vida,
que ronca a pata tendida
aunque se de güelta el mundo.

448
Nos aviriguaban todo
como aquel que se previene,
porque siempre les conviene
saber las juerzas que andan,
donde estan, quienes las mandan,
que caballos y armas tienen.

449
A cada respuesta nuestra
uno hace una esclamación,
y luego en continuación
aquellos indios feroces,
cientos y cientos de voces
repiten al mesmo son.

450
Y aquella voz de un solo,
que empieza por un gruñido,
lega hasta ser alarido
de toda la muchedumbre,
y ansí adquieren la costumbre
de pegar esos bramidos.

III

451
De ese modo nos hallamos
empeñaos en la partida;
no hay que darla por perdida
por dura que sea la suerte,
ni que pensar en la muerte,
sino en soportar la vida.

452
Se endurece el corazón,
no teme peligro alguno;
por encontrarlo oportuno
allí juramos los dos:
respetar tan sólo a Dios;
de Dios abajo, a ninguno.

453
El mal es árbol que crece
y que cortado retoña;
la gente esperta o bisoña
sufre de infinitos modos;
la tierra es madre de todos,
pero también da ponzoña.

454
Mas todo varón prudente
sufre tranquilo sus males;
yo siempre los hallo iguales
en cualquier senda que elijo;
la desgracia tiene hijos,
aunque ella no tiene madre.

455
Y al que le toca la herencia,
donde quiera halla su ruina:
lo que la suerte destina
no puede el hombre evitar,
porque el cardo ha de pinchar
es que nace con espinas.

456
Es el destino del pobre
un continuo zafarrancho
y pasa como el carancho,
porque el mal nunca se sacia,
si el viento de la desgracia
vuela las pajas del rancho.

457
Mas quien manda los pesares
manda también el consuelo:
la luz que baja del cielo
alumbra al más encumbrao,
y hasta el pelo mas delgao
hace su sombra en el suelo.

458
Pero por más que uno sufra
un rigor que lo atormente,
no debe bajar la frente
nunca, por ningún motivo:
el álamo es mas altivo
y gime constantemente.
459
El indio pasa la vida
robando o echao de panza;
la única ley es la lanza
a que se ha de someter:
lo que le falta en saber
lo suple con descondianza.

460
Fuera cosa de engarzarlo
a un indio caritativo:
es duro con el cautivo,
le dan un trato horroroso;
es astuto y receloso,
es audaz y vengativo.

461
No hay que pedirle favor
ni que aguardar tolerancia;
movidos por su inorancia
y de puro desconfiaos,
nos pusieron separaos
bajo sutil vigilancia.

462
No pude tener con Cruz
ninguna conversación:
no nos daban ocasión,
nos trataban como ajenos
como dos años, lo menos,
duro esta separación.

463
Relatar nuestras penurias
fuera alargar el asunto.
Les diré sobre este punto
que a los dos años recién
nos hizo el cacique el bien
de dejarnos vivir juntos.

464
Nos retiramos con Cruz
a la orilla de un pajal;
por no pasarlo tan mal
hicimos como un bendito
en el desierto infinito,
con dos cueros de bagual.

465
Fuimos a esconder allí
nuestra pobre situación,
aliviando con la unión
aquel duro cautiverio,
tristes como un cementerio
al toque de la oración.

466
Debe el hombre ser valiente
si ha rodar se determina,
primero, cuando camina;
segundo, cuando descansa;
pues en aquellas andanzas
perece el que se acoquina.
467
Cuando es manso el ternerito
en cualquier vaca se priende;
el que es gaucho esto lo entiende
y ha de entender si le digo
que andábamos con mi amigo
como pan que no se vende.

468
Guarecidos en el toldo
charlábamos mano a mano:
eramos dos veteranos
mansos pa las sabandijas,
arrumbaos como cubijas
cuando calienta el verano.

469
El alimento no abunda
por mas empeño que se haga;
lo pasa uno como plaga,
ejercitando la industria,
y siempre como la nutria
viviendo a la orilla del agua.

470
En semejante ejercicio
se hace diestro el cazador:
cai el piche engordador,
cai el pájaro que trina;
todo bicho que camina 
va parar al asador.

471
Pues allí a los cuatro vientos
la persecución se lleva;
nadie escapa de la leva
y dende que el alba asoma
ya recorre uno la loma,
el bajo, el nido y la cueva.

472
El que vive de la caza
a cualquier bicho se atreve,
que pluma o cáscara lleve,
pues, cuando la hambre se siente,
el hombre le clava el diente
a todo lo que se mueve.

473
En las sagradas alturas
esta el Máestro principal
que enseña a cada animal
a procurarse el sustento,
y le brinda el alimento
a todo ser racional.

474
Y aves y bichos y pejes
se mantienen de mil modos:
pero el hombre en su acomodo
es curioso de oservar:
es el que sabe llorar
y es el que los come a todos.

IV

475
Antes de aclarar el día
empieza el indio a aturdir
la pampa con su rugir,
y en alguna madrugada,
sin que sintiéramos nada,
se largaban a invadir.

476
Primero entierran las prendas
en cuevas como peludos;
y aquellos indios cerdudos,
siempre llenos de recelos,
en los caballos en pelos
se vienen medio desnudos.

477
Para pegar el malón
el mejor flete procuran;
y como es su arma segura
vienen con la lanza sola,
y varios pares de bolas
atados a la cintura.

478
De ese modo anda liviano
no fatiga al mancarrón;
es su espuela en el malón,
después de bien afilao,
un cuernito de venao
que se amarra en el garrón.

479
El indio que tiene un pingo
que se llega a distinguir,
lo cuida hasta pa dormir;
de ese cudao es esclavo.
Se lo alquila a otro indio bravo
cuando vienen a invadir.

480
Por vigilarlo no come
y ni aun el sueño concilia:
sólo en eso no hay desidia;
de noche les asiguro,
para tenerlo siguro
le hace cerco la familia.

481
Por eso habrán visto ustedes,
si en el caso se han hallao,
y si no lo han observao,
tenganló dende hoy presente,
que todo pampa valiente
anda siempre bien montao.

482
Marcha el indio a trote largo,
paso que rinde y que dura;
viene en dirección sigura
y jamas a su capricho;
no se les escapa bicho
en la noche mas escura.

483
Caminan entre nieblas
con un cerco bien formao;
lo estrechan con gran cuidao
y agarran, al aclarar,
ñanduces, gamas, venaos,
cuanto a podido dentrar.

484
Su señal es un humito
que se eleva muy arriba,
y no hay quien no lo aperciba
con esa vista que tienen;
de todas partes se vienen
a engrosar la comitiva.

485
Ansina se van juntando,
hasta hacer esas riuniones
que cain en las invasiones
en número tan crecido;
para formarla han salido
de los últimos rincones.

486
Es guerra cruel la del indio
porque viene como fiera;
atropella donde quiera
y de asolar no se cansa;
de su pingo y de su lanza
toda salvacion espera.

487
Debe atarse bien la faja
quien a aguardarlo se atreva;
siempre mala intención lleva,
y, como tiene alma grande,
no hay plegaria que lo ablande
ni dolor que lo conmueva.

488
Odia de muerte al cristiano,
hace guerra sin cuartel;
para matar es sin yel,
es fiero de condición;
no golpia la compasión
en el pecho del infiel.

489
Tiene la vista del águila,
del leon la temeridá;
en el desierto no habrá
animal que él no lo entienda,
ni fiera de que no aprienda
un instinto de crueldá.

490
Es tenaz en su barbarie:
no esperen verlo cambiar;
el deseo de mejorar
en su rudeza no cabe;
el bárbaro solo sabe
emborracharse y peliar.

491
El indio nunca ríe,
y el pretenderlo es en vano,
ni cuando festeja ufano
el triunfo en sus correrías;
la risa en sus alegrías
le pertenece al cristiano.

492
Se cruzan en el desierto
como un animal feroz;
dan cada alarido atroz
que hace erizar los cabellos;
parece que a todos ellos
los ha maldecido Dios.

493
Todo el peso del trabajo
lo dejan a las mujeres:
el indio es indio y no quiere
apiar de su condición
ha nacido indio ladrón
y como indio ladrón muere.

494
El que envenenan sus armas
les mandan sus hechiceras;
y como ni a Dios veneran,
nada a los pampa contiene:
hasta los nombres que tienen
son de animales y fieras.

495
Y son, ¡por Cristo bendito!,
Los más desasiaos del mundo:
esos indios vagabundos,
con repunancia me acuerdo,
viven lo mesmo que el cerdo
en esos toldos inmundos.

496
Naides puede imaginar
una miseria mayor;
su pobreza causa horror;
no sabe aquel indio bruto
que la tiera no da fruto
si no la riega el sudor.

V

497 
Aquel desierto se agita
cuando la invasion regresa;
llevan miles de cabezas
de vacuno y yeguarizo;
pa no afligirse es preciso
tener bastante firmeza.

498
Aquello es un hervidero
de pampas -un celemín-.
Cuando riunen el botín
juntando toda la hacienda,
es cantidá tan tremenda
que no alcanza a verse el fin.

499
Vuelven las chinas cargadas
con las prendas en montón;
aflige esa destrucción:
acomodaos en cargueros
llevan negocios enteros
que han saquiao en la invasión.

500
Su pretensión es robar,
no quedar en el pantano;
viene a tierra de cristianos
como juria del infierno;
no se llevan al Gobierno
poerque no lo hallan a mano.

501
Vuelven locos de contento
cuando han venido a la fija;
antes que ninguno elija
empiezan con todo empeño,
como dijo un santiagueño,
a hacerse la repartija.

502
Se reparten el botín
con igualdad, sin malicia;
no muestra el indio codicia,
ninguna falta comete:
solo en eso se somete
a una regla de justicia.

503
Y cada cual con lo suyo
a sus toldos enderieza;
luego la matanza empieza
tan sin razon ni motivo,
que no queda animal vivo
de esos miles de cabezas.

504
Y satisfecho el salvaje
de que su oficio ha cumplido,
lo pasa por ahi tendido
volviendo a su haraganiar,
y entra la china a cueriar
con un afán desmedido.

505
A veces a tierra adentro
algunas puntas se llevan;
pero hay pocos que se atrevan
a hacer esas incursiones,
porque otros indios ladrones
les suelen pelar la breva.

506
Pero pienso que los pampas
deben de ser los mas rudos;
aunque andan medio desnudos
ni su conveniencia entienden:
por una vaca que venden
quinientas matan al ñudo.

507
Estas cosas y otras piores
las he visto muchos años;
pero si yo no me engaño
concluyó ese vandalaje,
y esos bárbaros salvajes
no podran hacer mas daño.

508
Las tribus están deshechas;
los caciques más altivos
estan muertos o cautivos,
privaos de toda esperanza,
y de la chusma y de la lanza,
ya muy pocos quedan vivos.
509
Son salvajes por completo
hasta pa su diversión,
pues hacen una junción
que naides se la imagina;
recien le toca a la china
el hacer su papelón.

510
Cuando el hombre es mas salvaje
trata pior a la mujer:
yo no sé que pueda haber
sin ella dicha ni goce.
¡Feliz el que la conoce
y logra hacerse querer!

511
Todo el que entiende la vida
busca a su lao los placeres;
justo es que las considere
el hombre de corazón;
sólo los cobardes son
valientes con sus mujeres.

512
Pa servir a un desgraciao
pronta la mujer está;
cuando en su camino va
no hay peligro que le asuste;
ni hay una a quien no le guste
una obra de caridá.

513
No se allará una mujer
a la que esto no le cuadre;
yo alabo al Eterno Padre,
no porque las hizo bellas,
sino porque a todas ellas
les dió corazón de madre.

514
Es piadosa y diligente
y sufrida en los trabajos;
tal vez su valor rebajo
aunque la estimo bastante;
mas los indios inorantes
la trata al estropajo.

515
Echan la alma trabajando
bajo el mas duro rigor;
el marido es su Señor,
como tirano la manda,
porque el indio no se ablanda
ni siquiera en el amor.

516
No tiene cariño a naides
ni sabe lo que es amar.
¿Ni que se puede esperar
de aquellos pechos de bronce?
Yo los conocí al llegar
y los calé dende entonces.

517
Mientras tiene qué comer
permanece sosegao;
yo que en sus toldos he estao
y sus costumbres oservo,
digo que es como aquel cuervo
que no volvio del mandao.

518
Es para él como un juguete
escupir un crucifijo;
pienso que Dios los maldijo
y ansina al ñudo desato:
el indio, el cerdo y el gato
redaman sangre del hijo.

519
Mas ya con cuentos de pampas
no ocuparé su atención;
debo pedirles perdón,
pues sin querer me distraje;
por hablar de esos salvajees
me olvidé de la junción.

520
Hacen un cerco de lanzas,
los indios quedan ajuera;
dentra la china ligera
como yeguada en la trilla,
y empieza allí la cuadrilla
a dar güeltas en la era.

521
A un lao están los caciques,
capitanejos y el trompa
tocando con toda pompa
como un toque de fajina;
adentro muere la china,
sin que aquel circulo rompa.

522
Muchas veces se les oyen
a las pobres los quejidos;
mas son lamentos perdidos:
al rededor del cercao,
en el suelo están mamaos
los indios dando alaridos.

523
Su canto es una palabra
y de ahi no salen jamás;
llevan todas el compás
"Ioká-ioká" repitiendo;
me parece estarlas viendo
mas fieras que Satanás.

524
Al trote dentro del cerco,
sudando, hambrientas, juriosas,
desgreñadas y rotosas,
de sol a sol se lo llevan:
bailan aunque truene o llueva,
cantando la mesma cosa.

VI

525
el tiempo sigue su giro
y nosotros, solitarios;
de los indios sanguinarios
no teníamos qué esperar;
el que nos salvó al llegar
era el más hospitalario.

526
Mostró noble corazón,
cristiano anhelaba ser;
la justicia es un deber,
y sus méritos no callo:
nos regaló unos caballos
y a veces nos vino a ver.

527
A la voluntad de Dios
ni con la intención resisto:
el nos salvó...¡Ah, Cristo!,
Muchas veces he deseado
no nos hubiera salvado
ni jamás haberlo visto.

528
Quien recibe beneficios
jamás los debe olvidar;
y al que tiene que rodar
en su vida trabajosa,
le pasan a veces cosas
que son duras de pelar.

529
Voy dentrando poco a poco
en lo triste del pasaje;
cuando es amargo el brebaje
el corazón no se alegra;
dentró una virgüela negra
que los diezmó.

530
Al sentir tal mortandá
los indios, desesperaos,
gritaban alborotados:
"¡cristiano echando gualicho!"
No quedó en los toldos bicho
que no salió redotao.

531
Sus remedios son secretos,
los tienen las adivinan;
no los conocen las chinas
sino alguna ya muy vieja,
y es la que lo aconseja
con mil embustes, la indina.

532
Alli soporta el paciente
las terribles curaciones,
pues a golpes y estrujones
son los remedios aquellos:
los agarran de los cabellos
y le arrancan los mechones.

533
Les hacen mil herejías
que el presenciarlas da horror;
brama el indio de dolor
por los tormentos que pasa,
y untandolo todo de grasa
lo ponen a hervir al sol.

534
Y puesto allí boca arriba,
alrededor le hacen fuego;
una china biene luego
y al oido le da de gritos;
hay algunos tan malditos
que sanan con este juego.

538
Había un gringuito cautivo
que siempre hablaba del barco,
y lo augaron en un charco
por causante de la peste;
tenía los ojos celestes
como potrillo zarco.

539
Que le dieran esa muerte
dispuso una china vieja,
y aunque se aflije y se queja,
es inútil que resista:
ponia el infeliz la vista
como la pone la oveja.

540
Nosotros nos alejamos
para no ver tanto estrago;
Cruz sentia los amagos
de la peste que reinaba,
y la idea nos acosaba
de volver a nuestros pagos.

535
A otros les cuecen la boca
aunque de dolores cruja;
lo agarran allí y lo estrujan,
labios le queman y diente
con un güevo bien caliente
de alguna gallina bruja.

536
Conoce el indio el peligro
y pierde toda esperanza;
si a escapárseles alcanza
dispara como la liebre;
le da delirios la fiebre,
y ya le cain con la lanza.

537
Esas fiebres son terribles,
y aunque de esto no disputo
ni de saber me reputo, 
"Será", decíamos nosotros,
"De tanta carne de potro
como comen esos brutos".


541
Pero contra el plan mejor
el destino se rebela.
¡La sangre se me congela!
El que nos había salvado
cayó tambien atacado
de la fiebre y la virgüela.

542
No podiamos dudar,
al verlo en tal padecer,
el fin que habia de tener,
y Cruz que era tan humano:
"Vamos", me dijo,"Paisano
a cumplir con un deber".

543
Fuimos a estar a su lado
para ayudarlo a curar;
lo vinieron a buscar
y hacerle como a los otros;
lo defendimos nosotros,
no lo dejamos lanciar.

544
Iba creciendo la plaga
y la mortandá seguía.
A su lado nos tenía
cuiandolo con pacencia,
pero acabó su esistencia
al fin de unos pocos días.

545
El recuerdo me atormenta;
se renueva mi pesar;
me dan ganas de llorar;
nada a mis penas igualo;
Cruz también cayó muy malo
ya para no levantar.

546
Todos pueden figurarse
cuánto tuve que sufrir;
yo no haciá sino gemir,
y aumentaba mi aflición
no saber una oración
pa ayudarlo a bien morir.

547
Se le pasmó la virgüela,
y el pobre estaba en un grito;
me recomendó un hijito
que en su pago había dejado:
"Ha quedado abandonado".
Me dijo, "Aquel pobrecito".

548
"Si vuelve, búsquemeló",
me repetía a media voz;
"En el mundo eramos dos,
pues él ya no tiene madre;
que sepa el fin de su padre
y encomiende mi alma a Dios".

549
Lo apretaba contra el pecho,
dominao por el dolor;
era su pena mayor
el morir allá entre infieles
sufriendo dolores crueles
entrego su alma al criador.

550
De rodillas a su lado
yo lo encomendé a Jesús.
Faltó a mis ojos la luz,
tuve un terrible desmayo;
cai como herido del rayo
cuando lo vi muerto a Cruz.

VII

551
aquel bravo compañero
en mis brazos espiró;
hombre que tanto sirvio,
varon que fue tan prudente,
por humano y por valiente
en el desierto murió.

552
Y yo, con mis propias manos,
yo mesmo lo sepulté;
a Dios por su alma rogué
de dolor el pecho lleno,
y humedeció aquel terreno
el llanto que redamé.

553
Cumplí con mi obligación;
no hay falta de que me acuse,
ni deber de que se escuse,
aunque de dolor sucumba:
allá señala su tumba
una cruz que yo le puse.

554
Andaba de toldo en toldo
y todo me fastidiaba;
el pesar me dominaba,
y entregao al sentimiento
se me hacía cada momento
oir a Cruz que me llamaba.

555
Cual más, cual menos, los criollos
saben lo que es amargura;
en mi triste desventura
no encontraba otro consuelo
que ir a tirarme en el suelo,
al lao de su sepultura.

556
Allí pasaba las horas
sin haber naides conmigo
teniendo a Dios por testigo,
y mis pensamientos fijos
en mi mujer y mis hijos,
en mi pago y en mi amigo.

557
Privado de tantos bienes
y perdido en tierra ajena,
parece que se encadena
el tiempo y que no pasara,
como si el sol se parara
a contemplar tanta pena.

558
Sin saber qué hacer de mí
y entregao a mi aflición,
estando allí una ocasión,
del lao que venía el viento
oi unos tristes lamentos
que llamaron mi atención.

559
No son raros los quejidos
en los toldos del salvaje,
pues aquél es vandalaje
donde no se arregla nada
sino a lanza y puñalada,
a bolazos y coraje.

560
No preciso juramento,
deben creerle a Martín Fierro;
he visto en este destierro
a un salvaje que se irrita,
degollar a una chinita
y tirarsela a los perros.

561
He presenciado martirios,
he visto muchas crueldades,
crímenes y atrocidades
que el cristiano no imagina,
pues ni el indio ni la china
sabe lo que son piedades.

562
Quise curiosiar los llantos
que llegaban hasta mí;
al punto me dirigí
al lugar de ande venían:
¡me horroriza todavía
el cuadro que descubrí!.

563
Era una infeliz mujer
que estaba de sangre llena,
y como una madalena
lloraba con toda gana;
conocí que era cristiana
y esto me dió mayor pena.

564
Cauteloso me acerqué
a un indio que estaba al lao,
porque el pampa es desconfiao
siempre de todo cristiano,
y vi que tenía en la mano
el rebenque ensangrentao.

VIII

565
Mas tarde supe por ella,
de manera positiva,
que dentró una comitiva
de pampas a su partido,
mataron a su marido
y la llevaron cautiva.

566
En tan dura servidumbre
hacían dos años que estaba;
un hijito que llevaba
a su lado lo tenía.
La china la aborrecía
tratandola como esclava.

567
Deseaba para escaparse
hacer una tentativa,
pues a la infeliz cautiva
naides la va a redimir,
y allí tiene que sufrir
el tormento mientras viva.

568
Aquella china perversa,
dende el punto que llegó,
crueldá y orgullo mostró
porque el indio era valiente:
usaba un collar de dientes
de cristianos que él mató.

569
La mandaba a trabajar,
poniendo cerca a su hijito
tiritando y dando gritos,
por la mañana temprano,
atado de pies y manos
lo mesmo que un corderito.

570
Ansí le imponía tarea
de juntar leña y sembrar 
viendo a su hijito llorar,
y hasta que no terminaba,
la china no la dejaba
que le diera de mamar.

571
Cuando no tenían trabajo
la emprestaban a otra china,
"Naides", decía, "Se imagina,
ni es capaz de presumir
cuanto tiene que sufrir
la infeliz que esta cautiva.

572
Si ven crecido a su hijito,
como de piedá no entienden
y a suplicas nunca atienden,
cuando no es éste es el otro,
se lo quitan y lo venden
o lo cambian por un potro.

573
En la crianza de los suyos
son bárbaros por demás.
No lo habia visto jamás:
en una tabla los atan,
los crian así, y les achatan
la cabeza por detrás.

574
Aunque esto parezca extraño,
ninguno lo ponga en duda:
entre aquella gente ruda,
en su bárbara tropeza,
es gala que la cabeza
se les forme puntiaguda.

575
Aquella china malvada,
que tanto la aborrecía,
empezó a decir un día,
porque falleció una hermana,
que sin duda la cristiana
le había echado brujería.

576
El indio la sacó al campo
y la empezó a amenazar
que le había de confesar
si la brujería era cierta;
o que la iba a castigar
hasta que quedara muerta.

577
Llora la pobre afligida,
pero el indio, en su rigor,
le arrebató con juror
al hijo de entre sus brazos,
y del primer rebencazo
la hizo crujir de dolor.

578
Que aquel salvaje tan cruel
azotándola seguía;
más y más se enfurecía
cuanto mas la castigaba
y la infeliz se atajaba
los golpes como podía.

579
Que le gritó muy furioso
"Confechando no querés;"
la dió vuelta de un revés
y, por colmar su amargura,
a su tierna criatura
se la desgolló a los pies.

580
"Es increible" me decía,
"Que tanta fiereza esista;
no habrá madre que resista;
aquel salvaje inclemente
cometió tranquilamente
aquel crimen a mi vista."

581
Esos horrores tremendos
no los inventa el cristiano:
"Es bárbaro inhumano"
-sollozando me lo dijo-
"Me amarró luego las manos
con las tripitas de mi hijo."

IX

582
de ella fueron los lamentos
que en mi soledá escuché:
en cuanto al punto llegué,
quedé enterado de todo:
al mirarla de aquel modo
ni un instante tutubié.

583
Toda cubierta de sangre
aquella infeliz cautiva,
tenia dende abajo arriba
las marcas de los lazazos:
sus trapos echos pedazos
mostraban la carne viva.

584
Alzó los ojos al cielo
en sus lágrimas bañada;
tenía las manos atadas;
su tormento estaba claro;
y me clavó una mirada
como pidiéndome amparo.

585
Yo no sé lo que pasó
en mi pecho en ese instante;
estaba el indio arrognte
con una cara feroz:
para entendernos los dos
la mirada fué bastante.

586
Pegó un brinco como gato
y me ganó la distancia,
aprovechó esa distancia
como fiera cazadora:
desató las boliadoras
y aguardó con vigilancia.

587
Aunque yo iba de curioso
y no por buscar contienda,
al pingo le até la rienda,
eché mano dende luego
a éste que no yerra juego,
y ya se armó la tremenda.

588
El peligro en que me hallaba
al momento conocí;
nos mantuvimos ansí,
me miraba y lo miraba:
yo al indio le desconfiaba,
y él me descofiaba a mí.

589
Se debe ser precavido
cuando el indio se agazape:
en esa postura el tape
vale por cuatro o por cinco;
como el tigre es para el brinco
y fácil que a uno lo atrape.

590
Peligro era atropellar
y era peligro el juir,
y más peligro seguir
esperando de ese modo,
pues otros podían venir
y carniarme allí entre todos.

591
A juerza de precaución
muchas veces he salvado,
pues es un trance apurado
es mortal cualquier descuido;
si Cruz hubiera vivido
no habría tenido cuidado.

592
Un hombre junto con otro
en valor y en juerza crece;
el temor desaparece;
escapa de cualquier trampa;
entre dos, no digo a un pampa,
a la tribu, si se ofrece.

593
En tamaña incertidumbre,
en trance tan apurado,
no podía por de contado
escarparme de otra suerte,
sino dando al indio muerte
o quedando alli estirado.

594
Y como el tiempo pasaba
y aquel asunto me urgía,
viendo que él no se movía
me juí medio de soslayo
como a agarrarle el caballo,
a ver si se me venía.

595
Ansí jué, no aguardó más
y me atropelló el salvaje;
es preciso que se ataje
quien con el indio pelee;
el miedo de verse a pie
aumentaba su coraje.

596
En la dentrada no más
me largó un par de bolazos;
uno me tocó en un brazo;
si me da bien, me lo quiebra,
pues las bolas son de piedra
y vienen como balazo.

597
A la primer puñalada
el pampa se hizo un ovillo;
era el salvaje mas pillo
que he visto en mis correrías,
y, a más de las picardías,
arisco para el cuchillo.

598
Las bolas las manejaba
aquel bruto con destreza;
las recogía con presteza
y me las volvía a largar,
haciéndomelas silbar
arriba de la cabeza.

599
Aquel indio, como todos,
era cauteloso... ¡Ahijuna!
Ahí me valió la fortuna
de que peliando se apotra
me amenazaba con una 
y me largaba con otra.

600
Me sucedió una desgracia
en aquel percance amargo;
en momento que lo cargo
y que él reculando va,
me enredé en el chiripá
y caí tirao largo a largo.

601
Ni pa enconmendarme a Dios
tiempo el salvaje me dió;
cuanto en el suelo me vió
me saltó con ligereza:
juntito de la cabeza
el bolazo retumbó.

602
Ni por respeto al cuchillo
dejó el indio de apretarme;
allí pretende ultimarme
sin dejarme levantar,
y no me daba lugar
ni siquiera a enderezarme.

603
De balde quiero moverme:
aquel indio no me suelta.
Como persona resuelta
toda mi juerza ejecuto,
pero abajo de aquel bruto
no podía ni darme güelta.
....................

604
¡Bendito, Dios poderoso,
quien te puede comprender!
Cuando a una débil mujer
le diste en esa ocación
la juerza que en un varón
tal vez no pudiera haber.

605
Esa infeliz tan llorosa,
viendo el peligro se anima;
como una flecha se arrima
y olvidando su aflición,
le pegó al indio un tirón
que me lo sacó de encima.

606
Ausilio tan generoso
me libertó del apuro;
si no es ella, de siguro
que el indio me sacrifica;
y mi valor se duplica
con un ejemplo tan puro.

607
En cuanto me enderecé
nos volvimos a topar,
no se podía descansar
y me chorriaba el sudor:
en un apuro mayor
jamás me he vuelto a encontrar.

608
Tampoco yo le daba alce
como deben suponer;
se había aumentao mi quehacer
para impedir que el brutazo
le pegar algún bolazo
de rabia a aquella mujer.

609
La bola en manos del indio
es terrible y muy ligera;
hace de ella lo que quiera
saltando como una cabra.
Mudos, sin decir palabra,
peliábamos comos fieras.

610
Aquel duelo en el desierto
nunca jamás se me olvida;
iba jugando la vida
con tan terrible enemigo,
teniendo allí de testigo
a una mujer afligida.

611
Cuanto él más se enfurecía
yo más me empiezo a calmar;
mientras no logra matar
el indio no se desfoga;
al fin le corté una soga
y lo empecé a aventajar.

612
Me hizo sonar las costillas
de un bolazo aquel maldito;
y al tiempo que le di un grito
y le dentro como bala,
pisa el indio, y se refala
en el cuerpo del chiquito.

613
Para explicar el misterio
es muy escasa mi cencia:
lo castigó, en mi conciencia,
su divina majestá;
donde no hay casualidá
suele estar la providencia.

614
En cuanto trastabilló
más de firme lo cargué,
y aunque de nuevo hizo pie 
lo perdió aquella pisada;
pues en esa atropellada
en dos partes lo corté.

615
Al sentirse lastimao
se puso medio afligido,
pero era indio decidido,
su valor no se aquebranta;
le salían de la garganta
como una especie de aullidos.

616
Lastimao en la cabeza,
la sangre lo enceguecía;
de otra herida le salía
haciendo un charco ande estaba,
con los pies chapaliaba
sin aflojar todavía.

617
Tres figuras imponentes
formábamos aquel terno:
ella en su dolor materno,
yo con la lengua dejuera,
y el salvaje como fiera
disparada del infierno.

618
Iba conociendo el indio
que tocaban a degüello:
se le erizaba el cabello
y los ojos revolvía;
los labios se le perdían
cuando iba a tomar resuello.

619
En una nueva dentrada
le pegué un golpe sentido,
y al verse ya malherido,
aquel indio furibundo
lanzó un terrible alrido
que retumbó como un ruido
si se sacudiera el mundo.

620
Al fin de tanto lidiar,
en el cuchillo lo alcé,
en peso lo levanté
aquel hijo del desierto;
ensartado lo llevé,
y allá recién lo largué
cuando ya lo sentí muerto.

621
Me persiné dando gracias
de haber salvado la vida;
aquella pobre afligida,
de rodillas en el suelo,
alzó sus ojos al cielo
sollozando dolorida.

622
Me hinqué también a su lado 
a dar gracias a mi Santo;
en su dolor y quebranto
ella, a la madre de Dios,
le pide en su triste llanto
que nos ampare a los dos.

623
Se alzó con pausa de leona
cuando acabó de implorar,
y, sin dejar de llorar,
envolvió en uno trapitos
los pedazos de su hijito,
que yo le ayudé a juntar.



624
Dende ese punto era juerza
abandonar el desierto,
pues me hubieran descubierto,
y aunque lo maté en pelea,
de fijo que me lancean
por vengar al indio muerto.

625
A la afligida cautiva
mi caballo le ofrecí:
era un pingo que adquirí,
y, donde quiera que estaba,
en cuanto yo lo silbaba
venia a refregarse en mí.

626
Yo me lo senté al del pampa;
era un escuro tapao
(cuando me hallo bien montao
de mis casillas me salgo),
y era un pingo como galgo
que sabía correr boliao.

627
Para correr en el campo 
no hallaba ningun tropiezo;
los ejercitan en eso,
y los ponen como luz,
de dentrarle a un aveztruz
y boliar bajo el pescuezo.

628
El pampa educa al caballo
como pa un etrevero:
como rayo es de ligero
en cuando el indio lo toca,
y como trompo en la boca
da gueltas sobre un cuero.

629
Lo varea en la madrugada
(jamas falta a este deber),
luego lo enseña a correr
entre fangos y guadales:
asina esos animales
es cuanto se puede ver.

630
En el caballo de un pampa
no hay peligro de rodar,
¡jue pucha!, Y pa disparar
es pingo que no se cansa;
con prolijidad lo amansa
sin dejarlo corcoviar.

631
Pa quitarle las cosquillas
con cuidao lo manosea;
horas enteras emplea,
y, por fin, sólo lo deja
cuando agacha las orejas
y ya el potro ni cocea.

632
Jamás le sacude un golpe,
porque lo trata al bagual
con paciencia sin igual
-al domarlo no le pega-,
hasta que al fin se le entrega
ya dócil el animal.

633
Y aunque yo sobre los bastos
me sé sacudir el polvo,
a esa costumbre me amoldo:
con pacencia lo manejan
y al día siguiente lo dejan 
rienda arriba junto al toldo.

634
Ansí todo el que procure
tener un pingo modelo,
lo ha de cuidar con desvelo
y debe impedir también
el que de golpes le den
o tironeen en el suelo.

635
Muchos quieren dominarlo
con el rigor y el azote,
y, si ven al chafalote
que tiene trazas de malo,
lo embraman en algún palo
hasta que se descogote.

636
Todos se vuelven pretestos
y güeltas para ensillarlo;
dicen que es por quebrantarlo,
mas compriende cualquier bobo
que es de miedo del corcovo,
y no quieren confesarlo.

637
El animal yeguarizo
-perdónenme esta alvertencia-
es de mucha conocencia
y tiene mucho sentido;
es animal consentido:
lo cautiva la pacencia.

538
Aventaja a los demás
el que estas cosas entienda;
es bueno que el hombre aprienda,
pues hay pocos domadores
y muchos frangoyadores
que andan de bozal y, rienda.

639
Me vine, como les digo,
trayendo esa compañera;
marchamos la noche entera,
haciendo nuestro camino,
sin más rumbo que el destino
que nos llevara ande quiera.

640
Al muerto, en un pajonal
había tratao de enterrarlo,
y después de maniobrarlo
lo tapé bien con las pajas,
para llevar de ventaja
lo que emplearan en hallarlo.

641
En notando nuestra ausiencia
nos habían de perseguir,
y, al decidirme a venir,
con todo mi corazón 
hice la resolución
de peliar hasta morir.

642
Es un peligro muy serio
cruzar juyendo el desierto:
muchísimos de hambre han muerto,
pues en tal desasosiego
no se puede ni hacer juego,
para no ser descubierto.

643
Sólo el albitrio del hombre
puede ayudarlo a salvar:
no hay ausilio que esperar,
sólo de Dios hay amparo;
en el desierto es muy raro
que uno se pueda escapar.

644
¡Todo es cielo y horizonte
en inmenso campo verde!
¡Pobre de aquel que se pierde
o que su rumbo estravea!
Si alguien cruzarlo desea,
este consejo recuerde:

645
marque su rumbo de día
con toda fidelidá;
marche con puntualidá,
sigiéndoló con fijeza,
y, si duerme, la cabeza
ponga para el lao que va.

646
Oserve con todo esmero
adonde el sol aparece;
si hay ñeblina y le entorpece
y no lo puede oservar,
guárdese de caminar,
pues quien se pierde perece.
647
Dios le dió istintos sutiles
a toditos los mortales;
el hombre es uno de tales,
y en las llanuras aquelas,
lo guían el sol, las estrellas,
el viento y los animales.

648
Para ocultarnos de día
a la vista del salvaje,
ganábamos un paraje
en que algún abrigo hubiera,
a esperar que anocheciera
para seguir nuestro viaje.

649
Penurias de toda clase
y miserias padecimos:
varias veces no comimos
o comimos carne cruda,
y en otras, no tengan duda,
con raices nos mantuvimos.

650
Después de mucho sufrir
tan peligrosa inquietú,
alcanzamos con salú
a divisar una sierra,
y al fin pisamos la tierra
en donde crece el ombú.

651
Nueva pena sintió el pecho
por Cruz, en aquel paraje,
y en humilde vasallaje
a la majestá infinita,
besé esta tierra bendita,
que ya no pisa el salvaje.

652
Al fin la misericordia
de Dios nos quiso amparar;
es preciso soportar
los trabajos con constancia:
alcanzamos a una estancia
después de tanto penar.

653
Ah¡ mesmo me despedí
de mi infeliz compañera:
"Me voy", le dije,"Ande quiera,
aunque me agarre el Gobierno,
pues, infierno por infierno
prefiero el de la frontera."

654
Concluyo esta relación,
ya no puedo continuar;
permítanmé descansar:
estan mis hijos presentes,
y yo ansioso porque cuenten
lo que tengan que contar.

XI 

655
Y mientras que tomo un trago
pa refrescar el garguero,
y mientras tiempla el muchacho
y prepara su estrumento,
les contaré de qué modo
tuvo lugar el encuentro.
Me acerqué a algunas estancias
por saber algo de cierto,
creyendo que en tantos años
esto se hubiera compuesto;
pero cuanto saqué en limpio
jué que estábamos lo mesmo.
Ansí, me dejaba andar
haciéndome el chancho rengo,
porque no me convenía
revolver el avispero;
pues no inorarán ustedes
que en cuentas con el gobierno
tarde o temprano lo llaman
al pobre a hacer el arreglo.
Pero al fin tuve la suerte
de hallar un amigo viejo
que de todo me informó,
y por él supe al momento
que el Juez que me perseguía
hacía tiempo que era muerto:
por culpa suya he pasado
diez años de sufrimiento
y no son pocos diez años
para quien ya llega a viejo.
Y los he pasado ansí,
si en mi cuenta no me yerro:
tres años en la frontera,
dos como gaucho matrero,
y cinco allá entre los indios
hacen los diez como yo cuento.
Me dijo, a más, ese amigo
que anduviera sin recelo,
que todo estaba tranquilo,
que no perseguía el gobierno,
que ya naides se acordaba
de la muerte del moreno,
aunque si yo lo maté
mucha culpa tuvo el negro.
Estuve un poco imprudente,
puede ser, yo lo confieso,
pero el me precipitó,
porque me cortó primero,
y a más me cortó la cara,
que es un asunto muy serio.
Me asiguró el mesmo amigo
que ya no había ni el recuerdo
de aquel que en la pulpería
lo dejé mostrando el sebo.
El de engreido, me buscó:
yo ninguna culpa tengo;
el mismo vino a peliarme,
y tal vez me hubiera muerto
si le tengo más confianza
o soy un poco más lerdo.
Fue suya toda la culpa
porque ocasionó el suceso.
Que ya no hablaban tampoco,
me lo dijo muy de cierto,
de cuando con la partida
llegué a tener el encuentro.
Esa vez me defendí
como estaba en mi derecho,
porque fueron a prenderme 
de noche y en campo abierto:
se me acercaron con armas,
y, sin darme voz de preso,
me amenazaron a gritos
de un modo que daba miedo,
que iban a arreglar mis cuentas,
tratándome de matrero:
y no era el jefe el que hablaba
sino un cualquiera de entre ellos,
y ése, me parece a mí
no es modo de hacer arreglos,
ni con el que es inocente,
ni con el culpable menos. 
Con semejantes noticias
yo me puse muy contento
y me presenté ande quiera
como otros pueden hacerlo.
De mis hijos he encontrado
sólo a dos hasta el momento,
y de ese encuentro feliz
le doy las gracias al cielo.
A todos cuantos hablaba
les preguntaba por ellos,
mas no me da ninguno
razón de su paradero.
Casualmente, el otro día
llegó a mi conocimiento
de una carrera muy grande
entre varios estancieros,
y juí como uno de tantos,
aunque no llevaba un medio.
No faltaban, ya se entiende,
en aquel gauchaje inmenso,
muchos que ya conocían
la historia de Martín Fierro;
y allí estaban los muchachos
cuidando unos parejeros.
Cuando me oyeron nombrar
se vinieron al momento,
diciéndome quiénes eran
aunque no me conocieron,
porque venía muy aindiao
y me encontraban muy viejo.
La junción de los abrazos
de los llantos y los besos
se deja pa las mujeres,
como que entienden el juego.
Pero el hombre, que compriende
que todos hacen lo mesmo,
en público canta y baila,
abraza y llora en secreto.
Lo único que me han contado
es que mi mujer a muerto;
que en procuras de un muchacho
se jue la infeliz al pueblo,
donde infinitas miserias
habrá sufrido, por cierto;
que, por fin, a un hospital
jué a parar medio muriendo,
y en ese abismo de males
falleció al muy poco tiempo.
Les juro que de esa pérdida
jamás he de hallar consuelo,
muchas lágrimas me cuesta
dende que supe el suceso.
Mas dejemos cosas tristes
aunque alegrías no tengo;
me parece que el muchacho
ha templao y está dispuesto
vamos a ver qué tal lo hace
y a juzgar su desempeño.
Ustedes no lo conocen
yo tengo confianza en ellos,
no porque lleven mi sangre
-eso juera de lo menos-,
sino porque dende chicos
han vivido padeciendo.
Los dos son aficionados;
les gusta jugar con juego,
vamos a verlos correr:
son cojos... Hijos de rengo. 

EL HIJO MAYOR DE MARTÍN FIERRO
XII

LA PENITENCIARIA

656
aunque el gajo se parece
al árbol de donde sale,
solía decirlo mi madre,
y en su razón estoy fijo:
"Jamás puede hablar el hijo
con la autoridad del padre".

657
Recordarán que quedamos
sin tener donde abrigarnos,
ni ramada ande ganarnos,
ni rincón ande meternos,
ni camisa que ponernos.
Ni poncho con que taparnos.

658
Dichoso aquel que no sabe
lo que es vivir sin amparo;
yo con verdá les declaro,
aunque es por demás sabido,
dende chiquito he vivido
en el mayor desmparo.

659
No le mermam el rigor
los mesmos que le socorren;
tal vez porque no se borren
los decretos del destino,
de todas parten lo corren
como ternero dañino.

660
Y vive como los bichos
buscando alguna rendija;
el güerfano es sabandija
que no encuentra compasión,
y el que anda sin dirección
es guitarra sin clavija.

661
Sentiré que cuanto digo
a algún oyente le cuadre.
Ni casa tenía, ni madre,
ni parentela, ni hermanos;
y todos limpian sus manos
en el que vive sin padre.

662
Lo cruza éste de un lazazo
lo abomba aquél de un moquete,
otro le busca el cachete,
y, entre tanto soportar,
suele a veces no encontrar
ni quien le arroje un zoquete.

663
Si lo recogen, lo tratan
con la mayor rigidez;
piensan que es mucho tal vez,
cuando ya muestra el pellejo,
si le dan un trapo viejo
pa cubrir su desnudez.

664
Me crié, pues, como les digo,
desnudo a veces y hambriento;
me ganaba mi sustento,
y ansí los años pasaban;
al ser hombre me esperaban
otra clase de tormentos.

665
Pido a todos que no olviden
lo que les voy a decir;
en la escuela del sufrir
he tomado mis leciones,
y hecho muchas reflesiones
dende que empece a vivir.

666
Si alguna falta cometo
la motiva mi inorancia;
no vengo con arrogancia
y les diré, en conclusión,
que trabajando de pión
me encontraba en una estancia.

667
El que manda siempre puede
hacerle al pobre un calvario;
a un vecino propietario
un boyero le mataron,
y aunque a mí me lo achacaron
salió cierto en el sumario.

668
Piensen los hombres honrados
en la vergüenza y la pena
de que tendría el alma llena
al verme, ya tan temprano,
igual a los que sus manos
con el crimen envenenan.

669
Declararon otros dos
sobre el caso del dijunto,
mas no se aclaró el asunto,
y el Juez, por darlas de listo,
"Amarrados como un Cristo",
nos dijo, "Irán todos juntos".

670
"A la justicia ordinaria
voy a mandar a los tres."
Tenia razón aquel Juez,
y cuantos ansí amenacen;
ordinaria... Es como la hacen:
lo he conocido después.

671
Nos remitió, como digo,
a esa justicia ordinaria,
y juimos con la sumaria
a esa cárcel de malevos
que, por un bautismo nuevo,
le llaman penicentiaria.

672
El porqué tiene ese nombre
naides me lo dijo a mí,
mas yo me lo esplico ansí:
le diran penitenciaria
por la penitencia diaria,
que se sufre estando allí.

673
Criollo que cai en desgracia
tiene que sufrir un poco;
naides lo ampara tampoco
si no cuenta con recursos.
El gringo es de más discurso:
cuando mata, se hace el loco.

674
No sé el tiempo que corrió
en aquella sepoltura;
si de ajuera no lo apuran,
el asunto va con pausa;
tienen la presa sigura
y dejan dormir la causa.

675
Inora el preso a que lado
se inclinará la balanza,
pero es tanta la tardanza
que yo les digo por mí:
el hombre que dentre allí
deje ajuera la esperanza.

676
Sin perfecionar las leyes
perfecionan el rigor;
sospecho que el inventor
habrá sido algún maldito:
por grande que sea un delito,
aquella pena es mayor.

677
Eso es para quebrantar
el corazón mas altivo;
los llaveros son pasivos,
pero más secos y duros
tal vez que los mesmos muros
en que uno gime cautivo.
678
No es en grillo ni en cadenas
en lo que usté penará,
sino en una soledá
y un silencio tan projundo,
que parece que en el mundo
es el único que está.

679
El más altivo varón
y de cormillo gastao
allí se verá agobiao
y su corazón marchito,
al encontrarse encerrao
a solas con su delito.

680
En esa cárcel no hay toros,
allí todos son corderos;
no puede el más altanero,
al verse entre aquellas rejas,
sino amujar las orejas
y sufrir callao su encierro.

681
Y digo a cuantos inoran
el rigor de aquellas penas,
yo, que sufrí las cadenas
del destino y su inclemencia:
que aprovechen la esperencia
del mal en cabeza ajena.

682
¡Ay! Madres, las que dirigen
al hijo de sus entrañas,
no piensen que las engaña,
ni que les habla un falsario
lo que es el ser presidiario
no lo sabe la campaña.

683
Hijas, esposas, hermanas,
cuantas quieren a un varón,
díganles que esa prisión
es un infierno temido,
donde no se oye más ruido
que el latir del corazón.

684
Alla el día no tiene sol,
la noche no tiene estrellas;
sin que le valgan querellas
encerrao lo purifican,
y sus lágrimas salpican
en las paredes aquellas.

685
En soledá tan terrible
de su pecho oye el latido;
lo sé, porque lo he sufrido,
y, creameló el aulitorio,
tal vez en el purgatorio
las almas hagan más ruido.

686
Cuentan esas horas eternas
para más atormentarse;
su lágrima al redamarse
calcula, en sus afliciones,
contando sus pulsaciones,
lo que dilata en secarse.

687
Allí se amansa el más bravo,
allí se duebla el más juerte;
el silencio es de tal suerte
que, cuando llegue a venir,
hasta se le han de sentir
las pisadas a la muerte.

688
Adentro mesmo del hombre
se hace una revolución:
metido en esa prisión,
de tanto no mirar nada,
le nace y queda grabada
la idea de la perfección.

689
En mi madre, en mis hermanos,
en todos pensaba yo;
al hombre que alli dentró
de memoria más ingrata,
fielmente se le retrata
todo cuanto ajuera vió.

690
Aquel que ha vivido libre
de cruzar por donde quiera,
se aflige y se desespera
de encontrarse allí cautivo:
es un tormento muy vivo
que abate la alma más fiera.

691
En esa estrecha prisión,
sin poderme conformar,
no cesaba de esclamar:
¡qué diera yo por tener
un caballo en que montar
y una pampa en que correr!

692
En un lamento constante
se encuentra siempre embretao;
el castigo han inventao
de encerrarlo en las tinieblas,
y alli esta como amarrao
a un Fierro que no se duebla.

693
No hay un pensamiento triste
que al preso no lo atormente;
baja un dolor permanente
agacha al fin la cabeza,
porque siempre es la tristeza
hermana de un mal presente.

694
Vierten lágrimas sus ojos,
pero su pena no alivia;
en esa constante lidia
sin un momento de calma,
contempla con los del alma
felicidades que envidia.

695
Ningún consuelo penetra
detrás de aquellas murallas;
el varón de mas agallas,
aunque más duro que un perno,
metido en aquel infierno
sufre, gime, llora y calla.

696
De juror el corazón
se le quiere reventar,
pero no hay sino aguantar
aunque sosiego no alcance.
¡Dichoso, en tan duro trance,
aquel que sabe rezar!

697
¡Dirige a Dios su plegaria
el que sabe una oración!
En esa tribulación
gime olvidado del mundo,
y el dolor es más projundo
cuando no halla compasión.

698
En tan crueles pesadumbres,
en tan duro padecer,
empezaba a encanecer
después de muy pocos meses;
alli lamenté mil veces
no haber aprendido a leer.

699
Viene primero el juror,
después la melancolia;
en mi angustia no tenía
otro alivio ni consuelo,
sino regar aquel suelo
con lágrimas noche y día.

700
¡A visitar otros presos
sus familias solían ir!
Naides me visitó a mí
mientras estuve encerrado.
¡Quien iba a costiarse allí
a ver a un desamparado!

701
¡Bendito sea el carcelero
que tiene buen corazón!
Yo sé que esta bendición
pocos pueden alcanzarla,
pues si tienen compasión
su deber es ocultarla.

702
Jamás mi lengua podrá
espresar cuanto he sufrido;
en ese encierro metido,
llaves, paredes, cerrojos
se graban tanto en los ojos
que uno los ve hasta dormido.
....................

703
El mate no se permite;
no le permiten hablar;
no le permiten cantar
para aliviar su dolor,
y hasta el terrible rigor
de no dejarlo fumar.

704
La justicia es muy severa;
suele rayar en crueldá:
sufre el pobre que allí está
calenturas y delirios,
pues no esiste pior martirio
que esa eterna soledá.

705
Conversamos con las rejas
por solo el gusto de hablar,
pero nos mandan callar
y es preciso conformarnos;
pues no se debe irritar
a quien puede castigarnos.

706
Sin poder decir palabra
sufre en silencio sus males,
y uno en condiciones tales,
se convierte en animal,
privao del don principal
que Dios hizo a los mortales.

707
Yo no alcanzo a comprender
por que motivo será
que el preso privado está
de los dones más preciosos
que el justo Dios bondadoso
otorgó a la humanidá.

708
Pues que de todos los bienes,
en mi inorancia lo infiero,
que le dió al hombre altanero
su divina majestá,
la palabra es el primero,
el segundo es la amistá.

709
Y es muy severa la ley
que, por un crimen o un vicio,
somete al hombre a un suplicio
el más tremendo y atroz,
privado de un beneficio
que ha recebido de Dios.

710
La soledá causa espanto;
el silencio causa horror;
ese continuo terror
es el tormento más duro,
y en un presidio siguro
está demás tal rigor.

711
Inora uno si de allí
saldrá pa la sepoltura;
el que se halla en desventura
busca a su lao otro ser,
pues siempre es güeno tener
companeros de amargura.

712
Otro más sabio podrá
encontrar razón mejor;
yo no soy rebuscador,
y ésta me sirve de luz:
se los dieron al Señor
al clavarlo en una cruz.

713
Y en las projundas tinieblas
en que mi razón esiste,
mi corazón se resiste
a ese tormento sin nombre,
pues el honbre alegra al hombre
y el hablar consuela al triste.
....................

714
Grábenlo como en la piedra
cuanto he dicho en este canto,
y, aunque yo he sufrido tanto,
debo confesarlo aquí:
el hombre que manda allí
es poco menos que un Santo.

715
Y son güenos los demás
(a su ejemplo se manejan),
pero por eso no dejan
las cosas de ser tremendas;
piensen todos y compriendan
el sentido de mis quejas.

716
Y guarden en su memoria
con toda puntualidá
lo que con tal claridá
les acabo de decir:
mucho tendran que sufrir
si no creen en mi verdá.

717
Y si atienden mis palabras
no habrá calabozos llenos;
manejense como güenos;
no olviden esto jamás;
aqui no hay razón de más;
mas bien las puse de menos.

718
Y con esto me despido
(todos han de perdonar):
ninguna debe olvidar
la historia de un desgraciado.
Quien ha vivido encerrado
poco tiene que contar.

El hijo segundo de Martín Fierro

XIII 

719
Lo que les voy adecir
ninguno lo ponga en duda:
y aunque la cosa es peluda,
hare la resolución;
es ladino el corazón,
pero la lengua no ayuda.

720
El rigor de las desdichas
hemos soportado diez años,
pelegrinando entre estraños,
sin tener donde vivir,
y obligados a sufrir
una máquina de daños.

721
El que vive de ese modo
de todos es tributario;
falta la cabeza primario
y los hijos que él sustenta
se dispersan como cuentas
cuando se corta el rasario.

722
Yo anduve ansí como todos,
hasta que al fin de sus días
supo mi suerte una tía
y me recogió a su lado;
allí viví sosegado
y de nada carecía.

723
No tenía cuidado alguno
ni que trabajar tampoco,
y como muchacho loco
lo pasaba de holgazán;
con razón dice el refrán
que lo güeno dura poco.

724
En mí todo su cuidado
y su cariño ponía;
como a un hijo me quería
con cariño verdadero,
y me nombró de heredero
de los bienes que tenía.

727
Tomó un recuento de todo,
porque entendía su papel,
y después que aquel pastel
lo tuvo bien amasao,
puso al frente un encargao,
y a mí me llevó con él.

728
Muy pronto estuvo mi poncho
lo mismo que cernidor;
el chiripá estaba pior,
y aunque para el frio soy guapo
ya no me quedaba un trapo
ni pa el frío, ni pa el calor.

725
El Juez vino sin tardanza
cuanto falleció la vieja.
"De los bienes que te deja",
me dijo, "Yo he de cuidar:
es un rodeo regular
y dos majadas de ovejas".

726
Era hombre de mucha labia,
con mas leyes que un dotor,
me dijo: "Vos sos menor,
y por los años que tienes
no podés manejar bienes;
voy a nombrarte un tutor."

729
En tan triste desabrigo
tras de un mes, iba otro mes;
guardaba silencio el Juez,
la miseria me invadía,
me acordaba de mi tía
al verme en tal desnudez.

730
No se decir con fijeza
el tiempo que pasé allí;
y despues de andar ansí
como moro sin Señor,
pasé a poder del tutor
que debia cuidar de mí.

XIV 


731
me llevó consigo un viejo
que pronto mostró la hilacha,
dejaba ver por la facha
que era medio cimarrón,
muy renegao, muy ladrón,
y le llamaban Vizcacha.

732
Lo que el Juez iba buscando
sospecho, y no me equivoco;
pero este punto no toco
ni su secreto aviriguo;
mi tutor era un antiguo
de los que ya quedan pocos;

733
viejo lleno de camándulas,
con un empaque a lo toro,
andaba siempre en un moro
metido no sé en qué enriedos,
con las patas como loro
de estribar entre los dedos.

734
Andaba rodiao de perros
que eran todo su placer,
jamas dejó de tener 
menos de media docena,
mataba vacas ajenas
para darles de comer.

735
Carniábamos noche a noche
alguna res en el pago,
y dejando alli el rezago
alzaba en ancas el cuero,
que se lo vendía a un pulpero
por yerba, tabaco y trago.

736
¡Ah!, Viejo más comerciante
en mi vida lo he encontrado.
Con ese cuero robao
el arreglaba el pastel,
y allí entre el pulpero y él,
se estendía el certificao.

737
La echaba de comedido;
en las transquilas, lo viera,
se ponía como una fiera
si cortaban una oveja;
pero de alzarse no deja
un vellón o unas tijeras.

738
Una vez me dió una soba
que me hizo pedir socorro,
porque lastimé a un cachorro
en el rancho de unas vascas;
y al irse se alzó unas guascas:
para eso era como zorro.

739
"¡Ahijuna!", Dije entre mí,
"Me has dao esta pesadumbre;
ya verás; cuanto vislumbre
una ocasión medio güena,
te he quitar la costumbre
de cerdiar yeguas ajenas."

740
Porque maté una Vizcacha
otra vez me reprendió;
se lo vine a contar yo,
y no bien se lo hube dicho:
"Ni me nuembres ese bicho",
me dijo, y se me enojó.

742
Una tarde halló una punta
de yeguas medio bichocas;
despues que voltió unas pocas,
las cerdiaba con empeño:
yo vide venir al dueño,
pero me callé la boca.

743
El hombre venía jurioso
y nos cayó como un rayo;
se descolgó del caballo
revoliando el arriador,
y lo cruzó de un lazazo
ahi no más a mi tutor.

741
Al verlo tan irritao
hallé prudente callar.
"Este me va a castigar",
dije entre mí, "Si se agravia."
Ya vi que les tenía rabia,
y no las volví a nombrar.

744
No atinaba don Vizcacha
a qué lado disparar,
hasta que logró montar,
y, de miedo del chicote,
se lo apretó hasta el cogote,
sin pararse a contestar.

745
Ustedes creerán tal vez
que el viejo se curaría...
No, señores, lo que hacía,
con mas cuidao dende entonces,
era maniarlas de día
para cerdiar a la noche.

746
Ese jué el hombre que estuvo
encargao de mi destino;
siempre anduvo en mal camino,
y todo aquel vecindario
decía que era un perdulario,
insufrible de dañino.

747
Cuando el Juez me lo nombró,
al dármelo de tutor,
me dijo que era un Señor
el que me debía cuidar,
enseñarme a trabajar 
y darme la educación.

748
¡Pero que había de aprender
al lao de ese viejo paco;
que vivía como un chuncaco
en los bañaos, como el tero;
un haragán, un ratero,
y más chillón que un varraco.

749
Tampoco tenía más bienes
ni propiedad conocida
que una carreta podrida,
y las paredes sin techo
de un rancho medio deshecho
que le servía de guarida.

750
Después de las trasnochadas
allí venía a descansar;
yo desiaba aviriguar
lo que tuviera escondido,
pero nunca había podido,
pues no me dejaba entrar.

751
Yo tenía unas jergas viejas,
que habian sido mas peludas;
y con mis carnes desnudas,
el viejo, que era una fiera,
me hechaba a dormir ajuera
con unas heladas crudas.

752
Cuando mozo jué casao,
aunque yo lo desconfío,
y decía un amigo mío
que, de arrebatao y malo,
mató a su mujer de un palo
porque le dió un mate frío.

753
Y viudo por tal motivo
nunca se volvió a casar;
no era fácil encontrar
ninguna que lo quisiera:
todas temerían llevar
la suerte de la primera.

754
Soñaba siempre con ella,
sin duda por su delito,
y decía el viejo maldito,
el tiempo que estuvo enfermo,
que ella dende el mesmo infierno
lo estaba llamando a gritos. 

XV 

755
siempre andaba retobao:
con ninguno solía hablar;
se divertía en escarbar
y hacer marcas con el dedo,
y en cuanto se ponía en pedo
me empezaba a aconsejar.

756
Me parece que lo veo
con su poncho calamaco,
despues de echar un güen taco,
ansí principiaba a hablar:
"Jamás llegues a parar
ande veas perros flacos."

757
"El primer cuidao del hombre
es defender el pellejo.
Lleváte de mi consejo,
fijáte bien en lo que hablo:
el diablo sabe por diablo,
pero más sabe por viejo."

758
"Hacéte amigo del Juez;
no le des de que quejarse;
y cuando quiera enojarse
vos te debés encoger,
pues siempre es güeno tener
palenque ande ir a rascarse."

759
"Nunca le llevés la contra,
porque él manda la gavilla:
allí sentao en su silla,
ningún güey le sale bravo;
a uno le da con el clavo
y a otro con la cantramilla."

760
"El hombre, hasta el más soberbio,
con más espinas que un tala,
aflueja andando en la mala
y es blando como manteca:
hasta la hacienda baguala
cai al jagüel con la seca."

761
"No andés cambiando de cueva;
hacé las que hace el ratón.
Conserváte en el rincón
en que empezó tu esistencia:
vaca que cambia querencia
se atrasa en la parición."

762
Y menudiando los tragos
aquel viejo, como cerro,
"No olvidés", me decía,"Fierro,
que el hombre no debe crer
en lágrimas de mujer
ni en la renguera del perro."

763
"No te debes afligir
aunque el mundo se desplome.
Lo que más precisa el hombre
tener, según yo discurro,
es la memoria del burro,
que nunca olvida ande come. 

764
"Deja que caliente el horno
el dueño del amasijo;
lo que es yo, nunca me aflijo
y a todito me hago el sordo:
el cerdo vive tan gordo,
y se come hasta los hijos."

765
"El zorro que ya es corrido
dende lejos la olfatea;
no se apure quien desea
hacer lo que le aproveche
la vaca que más rumea
es la que da mejor leche."

766
"El que gana su comida
güeno es que en silencio coma;
ansina, vos, ni por broma
querás llamar la atención:
nunca escapa el cimarrón
si dispara por la loma."

767
"Yo voy donde me conviene
y jamás me descarrío;
lleváte el ejemplo mío,
y llenarás la barriga:
aprendé de las hormigas:
no van a un noque vacío."

768
"A naides tengás envidia:
es muy triste el envidiar;
cuando veás a otro ganar,
a estorbarlo no te metas:
cada lechón en su teta
es el modo de mamar."

769
"Ansí se alimentan muchos
mientras los pobres lo pagan;
como el cordero hay quien lo haga
en la puntita, no niego;
pero otros, como el borrego,
todo entera se la tragan."

770
"Si buscás vivir tranquilo
dedicate a solteriar
más si te querés casar,
con esta alvertencia sea:
que es muy difícil guardar 
prenda que otros codicean." 

771
"Es un bicho la mujer
que yo aquí no lo destapo,
siempre quiere al hombre guapo;
mas fijate en la eleción,
porque tiene el corazón
como barriga de sapo."

772
Y gangoso con la tranca,
me solia decir: "Potrillo,
recién te apunta el cormillo,
mas te lo dice un toruno:
no dejés que hombre ninguno
te gane el lao del cuchillo."

773
"Las armas son necesarias,
pero naides sabe cuándo;
ansina, si andás pasiando,
y de noche sobre todo,
debés llevarlo de modo
que al salir, salga cortando."

774
"Los que no saben guardar
son pobres aunque trabajen;
nunca, por más que se atajen,
se librarán del cimbrón:
al que nace barrigón
es al ñudo que lo fajen."

775
"Donde los vientos me llevan
allí estoy como en mi centro;
cuando una tristeza encuentro
tomo un trago pa alegrarme:
a mí me gusta mojarme
por ajuera y por adentro."

776
"Vos sos pollo, y te convienen
toditas estas razones;
mis consejos y leciones
no echés nunca en el olvido:
en las riñas he aprendido
a no peliar sin puyones."

777
Con estos consejos y otros
que yo en mi memoria encierro,
y que aquí no desentierro,
educándome seguía,
hasta que al fin se dormía
mesturao entre los perros. 

XVI

778
Cuando el viejo cayó enfermo,
viendo yo que se empioraba
y que esperanza no daba
de mejorarse siquiera,
le truje una culandrera
a ver si lo mejoraba.

779
"No cuanto lo vió, me dijo:
"Este no aguanta el sogazo:
muy poco le doy de plazo;
nos van ha dar un epetáculo,
porque debajo del brazo
le ha salido un tabernáculo."

780
Dice el refrán que en la tropa
nunca falta un güey corneta:
uno que estaba en la puerta
le pegó el grito ahi no más:
"Tabernáculo,... ¡Que bruto!
Un tubérculo dirás."

781
Al verse ansí interrumpido,
al punto dijo el cantor:
"No me parece ocasión
de meterse los de ajuera;
tabernáculo, senor,
le decía la culandrera."

782
El de ajuera repitió,
dándole otro chaguarazo:
"Allá va un nuevo bolazo
copo y se la gano en puerta
a las mujeres que curan
se las llama curanderas."

783
No es güeno -dijo el cantor-
muchas manos en un plato
y diré al que ese barato
ha tomao de entrometido,
que no creia haber venido
a hablar entre literatos.

784
Y para seguir contando
la historia de mi tutor,
le pediré a ese dotor
que en mi inorancia me deje,
pues siempre encuentra el que teje
otro mejor tejedor. 

785
Seguía enfermo, como digo,
cada vez más emperrao;
yo estaba ya acobardao
y lo espiaba dende lejos;
era la boca del viejo
la boca de un condenao.

786
Allá pasamos los dos
noches terribles de invierno:
el maldecía al padre Eterno
como a los santos benditos,
pidiendolé al diablo a gritos
que lo llevara al infierno.

788
Nunca me le puse a tiro,
pues era de mala entraña;
y viendo herejía tamaña,
si alguna cosa le daba,
de lejos se la alcanzaba
en la punta de una caña.

789
"Será mejor", decía yo,
"Que abandonado lo deje,
que blasfeme y que se queje,
y que siga de esta suerte,
hasta que venga la muerte
y cargue con este hereje." 

787
Debe ser grande la culpa
que a tal punto mortifica;
cuando vía una reliquia
se ponía como azogado,
como si a un endemoniado
le echaran agua bendita.

790
Cuando ya no pudo hablar
le até en la mano un cencerro,
y al ver cercano su entierro,
arañando las paredes,
espiró allí entre los perros
y este servidor de ustedes.

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