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Transcurrir
Déjame
sentir ancha hora la extendida lentitud de sus brazos, descubrir en
la flama de sus ojos jardines de turgentes anturios: pistilos que
recorran mi piel y abran paso hacia vías encendidas donde jóvenes
amantes ríen y sus vasos llenan. Cantar quiero entre tus
hojas que de elevadas ramas descienden, llorar entre tus
flores, en tu seno de tierra –néctar, ojos, selva– cuando el
dolor de tu partida mi juventud alimenta.
Echar a
andar la luz
Echar a andar a la luz es
abrirse de brazos a lo oscuro, entrar al corazón de la semilla, a lo
profundo en la sal. Buscar el calor del huerto, sus nervaduras de
olvido, volver la mirada al fruto quebradizo en raíz. Frágil
materia los sueños que de noche roban la memoria y todo se vuelve
idéntico a lo que no es.
Génesis
Como un espejo que
sangra, como una herida que escurre resbalo. Desfallezco y
resbalo por la boca del volcán, resbalo entre tus piernas y tiemblo
ante la vacilación. Tiemblo, procuro sostenerme.
Surgencia
Se está sin
estar --cerca, junto--, se vive con esa sombra que nos acompaña y
crece hasta perderse como alondra en el horizonte: ni muy de prisa
su vuelo --sólo el aleteo necesario para no caer-- aun a sabiendas
de que abajo se vive en el abismo.
Mudanza a
Carmen
A la orquídea le han cambiado su sitio y no
logra encontrar la dicha a contraluz. También de soledad arden
corolas. Algo muere en cada fruto cuando le quitan su lugar: deja
un anillo de nostalgia en la loseta. Y aunque el chorro de
agua anime la tarde no puede borrar las horas del espacio
que ocupaba. ¿Y qué hacer con el ciego gusano que de pronto perdió
su reino?

Mina 1004
Arder, yo vi a mi abuela arder. Agosto. Chihuahua, 1956.
Ella ardió, su fuera y su dentro, ardió en la calle Mina 1004. Vi a
mi padre envolverla en una sábana, el colchón ardía; las cortinas, la
alfombra, su vestido ennegrecieron. Todo lo recogió. “No hagan
ruido, su madre está cansada”. Lo vi salir de luto esa tarde de agosto
con su corbata negra. La recogió. Ceniza y llanto recogió.
El
humo de la abuela en el zaguán, las tías sorbiendo ásperos los grumos
del café.
Había que borrar lo oscuro que dolía, disolver la sal,
el llanto, abrazarse y sofocar el temblor del viaje. Escuchar a Paul
Anka y en la falta de pulso rayar el disco de 45 revoluciones por
minuto.
Por instantes vivía, por instantes todo fue púrpura:
ella, el cansancio, las frondas de los álamos. Después el vidrio, el
vidrio en el cedro, el rostro quemado bajo el humo.
Ella,
mi madre, también ardió. En lágrimas su sonrisa apagada: “Arréglame el
pelo, me dijo, déjame salir a ver si ya está seca la ropa”.
Tuve
miedo. De que sus pasos lentos no volvieran, de la tersura de la hoja,
del sigiloso carcomer, del reseco peso de la hiedra, ya sin muro,
del florero en la cocina, sin flores. De ese cuarto ciego con su muerte
tuve miedo. De mí misma y el filtrarse del viento que se llevaba el
polvo de los sicomoros.

La
casa
La casa, ese sitio incierto. La
niña sin lámpara, blanco el origen, arde en silencio la
revelación. Todo origen es blanco, la composición de la forma,
callada la niebla, el árbol. La niña callada, lo alto, lo aire.
Todo origen es blanco, el azar. Callada la niebla, cuya música es
silencio, sílabas dispersas.

III
Todo olvido guarda una luz, un nombre cada fotografía, un
año cada árbol; dorada en semillas, de grisácea arcada, la
oropéndola teje sus nidos.
Las nocturnas copas de los
árboles son nuestras mientras nos hundimos. Y no basta ese llegar a
la raíz, ese perderse entre sus copas subterráneas; es la voz,
incierta y estrecha, que apenas arde; la hora del comienzo y el
fin, la suma de moradas bajo la luz de los
olvidos.

VI
Ligera, se va perdiendo
entre los álamos segura de su luz, aroma de agua quieta; en lo
fugaz del arrullo primero la leve
coincidencia.
Sólo una noche basta para alumbrar en lento
ascenso el tenue pulso que retorna. Dentro del hálito la quietud, su
deseo que estalla sin dispersar fragmentos.
Desde la raíz,
entera, la frágil voz regresa.

VII
Desde lo alto del
jardín el ocelote; desde lo alto la columna, el blandor de
la hierba, la sal, la blanquísima túnica del
olvido; devastada ciudad, salutación del mago que de lejos
aproxima el resplandor, el invierno que adivinas y
hiere –su cobija de escarcha.
Junto al mar, en el
risco donde los pelícanos duermen, una reja sobre tu
rostro, una casa vacía entre la cresta y la baja
marea.
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