Poesía de:



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Transcurrir Echar a andar la luz
Génesis Surgencia

Mudanza

Mina 1004
La casa III
VI VII
 

 

Transcurrir


Déjame sentir ancha hora
la extendida lentitud de sus brazos,
descubrir en la flama de sus ojos
jardines de turgentes anturios:
pistilos que recorran mi piel
y abran paso hacia vías encendidas
donde jóvenes amantes ríen
y sus vasos llenan.
Cantar quiero entre tus hojas
que de elevadas ramas descienden,
llorar entre tus flores,
en tu seno de tierra
–néctar, ojos, selva–
cuando el dolor de tu partida
mi juventud alimenta.





Echar a andar la luz

Echar a andar a la luz es abrirse de brazos a lo oscuro,
entrar al corazón de la semilla,
a lo profundo en la sal.
Buscar el calor del huerto,
sus nervaduras de olvido,
volver la mirada al fruto
quebradizo en raíz.
Frágil materia los sueños
que de noche roban la memoria
y todo se vuelve idéntico a lo que no es.



Génesis

Como un espejo que sangra,
como una herida que escurre
resbalo.
Desfallezco y resbalo por la boca del volcán,
resbalo entre tus piernas
y tiemblo ante la vacilación.
Tiemblo,
procuro sostenerme.



Surgencia

Se está sin estar --cerca, junto--,
se vive con esa sombra que nos acompaña
y crece hasta perderse
como alondra en el horizonte:
ni muy de prisa su vuelo
--sólo el aleteo necesario para no caer--
aun a sabiendas de que abajo se vive en el abismo.




Mudanza
a Carmen

A la orquídea
le han cambiado su sitio
y no logra
encontrar la dicha a contraluz.
También de soledad arden corolas.
Algo muere en cada fruto
cuando le quitan su lugar:
deja un anillo de nostalgia en la loseta.
Y aunque el chorro de agua 
anime la tarde
no puede borrar las horas
del espacio que ocupaba.
¿Y qué hacer con el ciego gusano
que de pronto perdió su reino?




Mina 1004

Arder, yo vi a mi abuela arder.
Agosto. Chihuahua, 1956. Ella ardió,
su fuera y su dentro, ardió en la calle Mina 1004.
Vi a mi padre envolverla en una sábana, el colchón ardía;
las cortinas, la alfombra, su vestido
ennegrecieron. Todo lo recogió.
“No hagan ruido, su madre está cansada”.
Lo vi salir de luto esa tarde de agosto con su corbata negra.
La recogió. Ceniza y llanto recogió.

El humo de la abuela en el zaguán, las tías
sorbiendo ásperos los grumos del café.

Había que borrar lo oscuro que dolía,
disolver la sal, el llanto,
abrazarse y sofocar el temblor del viaje.
Escuchar a Paul Anka y en la falta de pulso
rayar el disco de 45 revoluciones por minuto.

Por instantes vivía, por instantes
todo fue púrpura: ella, el
cansancio, las frondas de los álamos. Después
el vidrio, el vidrio en el cedro,
el rostro quemado bajo el humo. 

Ella, mi madre, también ardió. En lágrimas su sonrisa apagada:
“Arréglame el pelo, me dijo, déjame salir
a ver si ya está seca la ropa”.

Tuve miedo. De que sus pasos lentos no volvieran, de la tersura
de la hoja, del sigiloso carcomer,
del reseco peso de la hiedra, ya sin muro, del
florero en la cocina, sin flores. De ese cuarto ciego con su muerte tuve miedo.
De mí misma y el filtrarse del viento
que se llevaba el polvo de los sicomoros.




La casa

La casa, ese sitio incierto. La niña
sin lámpara, blanco
el origen, arde en silencio
la revelación.
Todo origen es blanco,
la composición
de la forma, callada
la niebla, el árbol. La niña
callada, lo alto, lo
aire. Todo origen
es blanco, el azar. Callada
la niebla, cuya
música es silencio, sílabas
dispersas.



III

Todo olvido guarda una luz,
un nombre cada fotografía,
un año cada árbol;
dorada en semillas, de grisácea arcada,
la oropéndola teje sus nidos.

Las nocturnas copas de los árboles
son nuestras mientras nos hundimos.
Y no basta ese llegar a la raíz,
ese perderse entre sus copas subterráneas;
es la voz, incierta y estrecha,
que apenas arde;
la hora del comienzo y el fin,
la suma de moradas bajo la luz de los olvidos.





VI

Ligera, se va perdiendo entre los álamos
segura de su luz,
aroma de agua quieta;
en lo fugaz 
del arrullo primero
la leve coincidencia. 

Sólo una noche basta para alumbrar
en lento ascenso
el tenue pulso que retorna.
Dentro del hálito la quietud, su deseo
que estalla
sin dispersar fragmentos.

Desde la raíz, entera, la frágil voz regresa.




VII

Desde lo alto del jardín 
el ocelote;
desde lo alto la columna,
el blandor de la hierba, 
la sal,
la blanquísima túnica del olvido;
devastada ciudad, salutación del mago 
que de lejos aproxima
el resplandor, 
el invierno que adivinas
y hiere
–su cobija de escarcha.

Junto al mar,
en el risco 
donde los pelícanos duermen,
una reja sobre tu rostro,
una casa vacía 
entre la cresta y la baja marea.

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