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Francisco de Aldana
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Biografía
FRANCISCO DE ALDANA

(¿1528 - 1575)

Castellano de nacimiento y perteneció a la escuela salmantina. Fue hombre de armas, general en Flandes y guerrero que acompaño al monarca portugués don Sebastián en la reyerta de Alcazarquivir, perdiendo allí heroicamente la vida.

Gran humanista, prototipo del renacimiento español. Poseía gran fuerza expresiva y una fuerte pasión por todo y en todo lo que emprendía, incluyendo la poesía sobre todo bajo el símbolo patriótico.

Si bien se le considera como poeta consumado, su espíritu, firmeza moral y fe se ensalzan de una manera particular en su famosa Carta para Arias Montano, en donde muestra un neoplatonismo claramente expuesto en lo místico y lindando todo ello en un vital dramatismo.



Índice:

CARTA PARA ARIAS MONTANO
GLOSA
SONETOS
EPÍSTOLA A UNA DAMA
A UNA DAMA



CARTA PARA ARIAS MONTANO


Montano, cuyo nombre es la primera
estrellada señal por do camina
el sol el cerco oblicuo de la esfera,

nombrado así por voluntad divina,
para mostrar que en ti comienza Apolo
la luz de su celeste diciplina:

yo soy un hombre desvalido y solo,
expuesto al duro hado cual marchita
hoja al rigor del descortés Eolo;

mi vida temporal anda precita
dentro el infierno del común trafago
que siempre añade un mal y un bien nos quita.

Oficio militar profeso y hago,
baja condenación de mi ventura
que al alma dos infiernos da por pago.

Los huesos y la sangre que natura
me dio para vivir, no poca parte
dellos y della he dado a la locura,

mientras el pecho al desenvuelto Marte
tan libre di que sin mi daño puede,
hablando la verdad, ser muda el arte.

Y el rico galardón que se concede
a mi (llámola así) ciega porfía
es que por ciego y porfiado quede.

No digo más sobre esto, que podría
cosas decir que un mármol deshiciese
en el piadoso humor que el ojo envía,

y callaré las causas de interese,
no sé si justo o injusto, que en alguno
hubo porque mi mal más largo fuese.

Menos te quiero ser ora importuno
en declarar mi vida y nacimiento,
que tiempo dará Dios más oportuno:

basta decir que cuatro veces ciento
y dos cuarenta vueltas dadas miro
del planeta seteno al firmamento

que en el aire común vivo y respiro,
sin haber hecho más que andar haciendo
yo mismo a mí, crüel, doblado tiro

y con un trasgo a brazos debatiendo
que al cabo, al cabo, ¡ay Dios!, de tan gran rato
mi costoso sudor queda riendo.

Mas ya, ¡merced del cielo!, me desato,
ya rompo a la esperanza lisonjera
el lazo en que me asió con doble trato.

Pienso torcer de la común carrera
que sigue el vulgo y caminar derecho
jornada de mi patria verdadera;

entrarme en el secreto de mi pecho
y platicar en él mi interior hombre,
dó va, dó está, si vive, o qué se ha hecho.

Y porque vano error más no me asombre,
en algún alto y solitario nido
pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre

y, como si no hubiera acá nacido,
estarme allá, cual Eco, replicando
al dulce son de Dios, del alma oído.

Y ¿qué debiera ser, bien contemplando,
el alma sino un eco resonante
a la eterna beldad que está llamando

y, desde el cavernoso y vacilante
cuerpo, volver mis réplicas de amores
al sobrecelestial Narciso amante;

rica de sus intrínsecos favores,
con un piadoso escarnio el bajo oficio
burlar de los mundanos amadores?

En tierra o en árbol hoja algún bullicio
no hace que, al moverse, ella no encuentra
en nuevo y para Dios grato ejercicio;

y como el fuego saca y desencentra
oloroso licor por alquitara
del cuerpo de la rosa que en ella entra,

así destilará, de la gran cara
del mundo, inmaterial varia belleza
con el fuego de amor que la prepara;

y pasará de vuelo a tanta alteza
que, volviéndose a ver tan sublimada,
su misma olvidará naturaleza,

cuya capacidad ya dilatada
allá verná do casi ser le toca
en su primera causa transformada.

Ojos, oídos, pies, manos y boca,
hablando, obrando, andando, oyendo y viendo,
serán del mar de Dios cubierta roca;

cual pece dentro el vaso alto, estupendo,
del oceano irá su pensamiento
desde Dios para Dios yendo y viniendo.

Serále allí quietud el movimiento,
cual círculo mental sobre el divino
centro, glorioso origen del contento,

que, pues el alto, esférico camino
del cielo causa en él vida y holganza,
sin que lugar adquiera peregrino,

llegada el alma al fin de la esperanza,
mejor se moverá para quietarse
dentro el lugar que sobre el mundo alcanza,

do llega en tanto extremo a mejorarse
(torno a decir) que en él se transfigura,
casi el velo mortal sin animarse.

No que del alma la especial natura,
dentro al divino piélago hundida,
cese en el hacedor de ser hechura,

o quede aniquilada y destrüida,
cual gota de licor, que el rostro enciende,
del altísimo mar toda absorbida,

mas como el aire, en quien en luz se extiende
el claro sol, que juntos aire y lumbre
ser una misma cosa el ojo entiende.

Es bien verdad que a tan sublime cumbre
suele impedir el venturoso vuelo
del cuerpo la terrena pesadumbre.

Pero, con todo, llega al bajo suelo
la escala de Jacob, por do podemos
al alcázar subir del alto cielo;

que, yendo allá, no dudo que encontremos
favor de más de un ángel diligente
con quien alegre tránsito llevemos.

Puede del sol pequeña fuerza ardiente
desde la tierra alzar graves vapores
a la región del aire allá eminente,

¿y tantos celestiales protectores,
para subir a Dios alma sencilla,
vernán a ejercitar fuerzas menores?

Mas pues, Montano, va mi navecilla
corriendo este gran mar con suelta vela,
hacia la infinidad buscando orilla,

quiero, para tejer tan rica tela,
muy desde atrás decir lo que podría
hacer el alma que a su causa vuela.

Paréceme, Montano, que debría
buscar lugar que al dulce pensamiento,
encaminando a Dios, abra la vía,

ado todo exterior derramamiento
cese, y en su secreto el alma entrada
comience a examinar, con modo atento,

antes que del Señor fuese crïada
cómo no fue, ni pudo haber salido
de aquella privación que llaman nada;

ver aquel alto piélago de olvido,
aquel sin hacer pie luengo vacío,
tomado tan atrás del no haber sido,

y diga a Dios: «¡Oh causa del ser mío,
cuál me sacaste desa muerte escura,
rica del don de vida y de albedrío!»

Allí, gozosa en la mayor natura,
déjese el alma andar süavemente
con leda admiración de su ventura.

Húndase toda en la divina fuente
y, del vital licor humedecida,
sálgase a ver del tiempo en la corriente:

veráse como línea producida
del punto eterno, en el mortal sujeto
bajada a gobernar la humana vida

dentro la cárcel del corpóreo afeto,
hecha horizonte allí deste alterable
mundo y del otro puro y sin defeto;

donde, a su fin únicamente amable
vuelta, conozca dél ser tan dichosa
forma gentil de vida indeclinable,

y sienta que la mano dadivosa
de Dios cosas crïo tantas y tales,
hasta la más süez, mínima cosa,

sin que las calidades principales,
los cielos con su lúcida belleza,
los coros del Impíreo angelicales

consigan facultad de tanta alteza
que lo más bajo y vil que asconde el cieno
puedan criar, ni hay tal naturaleza.

Enamórese el alma en ver cuán bueno
es Dios, que un gusanillo le podría
llamar su criador de lleno en lleno,

y poco a poco le amanezca el día
de la contemplación, siempre cobrando
luz y calor que Dios de allá le envía.

Déjese descansar de cuando en cuando
sin procurar subir, porque no rompa
el hilo que el amor queda tramando,

y veráse colmar de alegre pompa,
de divino favor, tan ordenado
cuan libre de desmán que le interrompa.

Torno a decir que el pecho enamorado
la celestial, de allá, rica inflüencia
espere humilde, atento y reposado,

sin dar ni recebir propia sentencia,
que en tal lugar la lengua más despierta
es de natura error y balbucencia.

Abra de par en par la firme puerta
de su querer, pues no tan presto pasa
el sol por la región del aire abierta,

ni el agua universal con menos tasa
hinchió toda del suelo alta abertura,
bajando a la región de luz escasa,

como aquella mayor, suma natura
hinche de su divino sentimiento
el alma cuando abrir se le procura.

No que de allí le quede atrevimiento
para creer que en sí mérito encierra
con que al supremo obligue entendimiento,

pues la impotencia misma que la tierra
tiene para obligar que le dé el cielo
llovida ambrosia en valle, en llano, o en sierra,

o para producir flores el hielo
y plantas levantar de verde cima
desierto estéril y arenoso suelo,

tiene el alma mejor, de más estima,
para obligar que en ella gracia influya
el bien que a tanta alteza le sublima.

Es don de Dios, manificiencia suya,
divina autoridad que el ser abona,
de nuestra indinidad que no le arguya;

y cuando da de gloria la corona,
es último favor que los ya hechos,
como sus propios méritos, corona.

Así que el alma en los divinos pechos
beba infusión de gracia sin buscalla,
sin gana de sentir nuevos provechos,

que allí la diligencia menos halla
cuanto más busca, y suelen los favores
trocarse en interior, nueva batalla.

No tiene que buscar los resplandores
del sol quien de su luz anda cercado,
ni el rico abril pedir hierbas y flores;

pues no mejor el húmido pescado
dentro el abismo está del oceano,
cubierto del humor grave y salado,

que el alma, alzada sobre el curso humano
queda, sin ser curiosa o diligente,
de aquel gran mar cubierta ultramundano;

no, como el Pece, sólo exteriormente,
mas dentro mucho más que esté en el fuego
el íntimo calor que en él se siente.

Digo que puesta el alma en su sosiego
espere a Dios, cual ojo que cayendo
se va sabrosamente al sueño ciego,

que al que trabaja por quedar durmiendo,
esa misma inquietud destrama el hilo
del sueño, que se da no le pidiendo.

Ella verá, con desusado estilo,
toda regarse, y regalarse junto,
de un salido de Dios sagrado Nilo;

recogida su luz toda en un punto,
aquella mirará de quien es ella
indinamente imagen y trasunto

y, cual de amor la matutina estrella
dentro el abismo del eterno día,
se cubrirá toda luciente y bella.

Como la hermosísima judía
que, llena de doncel, novicio espanto,
viendo Isaac que para sí venía,

dejó cubrir el rostro con el manto,
y decendida presto del camello
recoge humilde al novio casto y santo,

disponga el alma así con Dios hacello
y de su presunción decienda altiva,
cubierto el rostro y reclinado el cuello.

y aquella sacrosanta virtud viva,
única, crïadora y redentora,
con profunda humildad en sí reciba.

Mas ¿quién dirá, mas quién decir agora
podrá los peregrinos sentimientos
que el alma en sus potencias atesora:

aquellos ricos amontonamientos
de sobrecelestiales inflüencias
dilatados de amor descubrimientos;

aquellas ilustradas advertencias
de las musas de Dios sobreesenciales,
destierro general de contingencias;

aquellos nutrimentos divinales,
de la inmortalidad fomentadores,
que exceden los posibles naturales;

aquellos (¡qué diré!) colmos favores,
privanzas nunca oídas, nunca vistas,
suma especialidad del bien de amores?

¡Oh grandes, oh riquísimas conquistas
de las Indias de Dios, de aquel gran mundo
tan escondido a las mundanas vistas!

Mas ¡ay de mí!, que voy hacia el profundo
do no se entiende suelo ni ribera,
y si no vuelvo atrás, me anego y hundo.

No más allá; ni puedo, aunque lo quiera.
Do la vista alcanzó, llegó la mano;
ya se les cierra a entrambos la carrera.

¿Notaste bien, dotísimo Montano,
notaste cuál salí, más atrevido
que del cretense padre el hijo insano?

Tratar en esto es sólo a ti debido,
en quien el cielo sus noticias llueve
para dejar el mundo enriquecido;

por quien de Pindo las hermanas nueve
dejan sus montes, dejan sus amadas
aguas, donde la sed se mata y bebe,

y en el santo Sïon ya trasladadas,
al profético coro por tu boca
oyendo están, atentas y humilladas.

¡Dichosísimo aquél que estar le toca
contigo en bosque o en monte o en valle umbroso
o encima la más alta, áspera roca!

¡Oh tres y cuatro veces yo dichoso
si fuese Aldino aquél, si aquél yo fuese
que, en orden de vivir tan venturoso,

juntamente contigo estar pudiese,
lejos de error, de engaño y sobresalto,
como si el mundo en sí no me incluyese!

Un monte dicen que hay sublime y alto,
tanto que, al parecer, la excelsa cima
al cielo muestra dar glorioso asalto

y que el pastor, con su ganado, encima,
debajo de sus pies correr el trueno
ve dentro el nubiloso, helado clima,

y en el puro, vital aire sereno
va respirando allá, libre y exento,
casi nuevo lugar, del mundo ajeno,

sin que le impida el desmandado viento,
el trabado granizo, el suelto rayo,
ni el de la tierra grueso, húmido aliento.

Todo es tranquilidad de fértil mayo,
purísima del sol templada lumbre,
de hielo o de calor sin triste ensayo.

Pareces tú, Montano, a la gran cumbre
deste gran monte, pues vivir contigo
es muerte de la misma pesadumbre,

es un poner debajo a su enemigo:
de la soberbia el trueno estar mirando
cuál va descomponiendo al más amigo,

las nubes de la invidia descargando
ver, de murmuración duro granizo,
de vanagloria el viento andar soplando,

y de lujuria el rayo encontradizo,
de acidia el grueso aliento y de avaricia,
con lo demás que el padre antiguo hizo;

y desta turba vil que el mundo envicia
descargado, gozar cuanto ilustrare
el sol en ti de gloria y de justicia.

El alma que contigo se juntare
cierto reprimirá cualquier deseo
que contra el proprio bien la vida encare;

podrá luchar con el terrestre Anteo
de su rebelde cuerpo, aunque le cueste
vencer la lid por fuerza y por rodeo,

y casi vuelta un Hércules celeste,
sompesará de tierra ese imperfeto,
porque el f avor no pase della en éste,

tanto que el pie del sensitivo afeto
no la llegue a tocar y el enemigo
al hercúleo valor quede sujeto;

de sí le apartará, junto consigo
domándole, firmado en la potencia
del pecho ejecutor del gran castigo;

serán temor de Dios y penitencia
los brazos, coronada de diadema
la caridad, valor de toda esencia.

Mas para conclüir tan largo tema,
quiero el lugar pintar do, con Montano,
deseo llegar de vida al hora extrema.

No busco monte excelso y soberano,
de ventiscosa cumbre, en quien se halle
la triplicada nieve en el verano;

menos profundo, escuro, húmido valle
donde las aguas bajan despeñadas
por entre desigual, torcida calle;

las partes medias son más aprobadas
de la natura, siempre frutüosas,
siempre de nuevas flores esmaltadas.

Quiero también, Montano, entre otras cosas,
no lejos descubrir de nuestro nido
el alto mar, con ondas bulliciosas:

dos elementos ver, uno movido
del aéreo desdén, otro fijado,
sobre su mismo peso establecido;

ver uno desigual, otro igualado,
de mil colores éste, aquél mostrando
el claro azul del cielo no añublado.

Bajaremos allá de cuando en cuando,
altas y ponderadas maravillas
en recíproco amor juntos tratando.

Verás por las marítimas orillas
la espumosa resaca entre el arena
bruñir mil blancas conchas y lucillas,

en quien hiriendo el sol con luz serena,
echan como de sí nuevos resoles
do el rayo visüal su curso enfrena.

Verás mil retorcidas caracoles,
mil bucios istrïados, con señales
y pintas de lustrosos arreboles:

los unos del color de los corales,
los otros de la luz que el sol represa
en los pintados arcos celestiales,

de varia operación, de varia empresa,
despidiendo de sí como centellas,
en rica mezcla de oro y de turquesa.

Cualquiera especie producir de aquéllas
verás (lo que en la tierra no acontece)
pequeñas en extreno y grandes dellas,

donde el secreto, artificioso pece
pegado está, y en otros despegarse
suele y al mar salir, si le parece,

(por cierto, cosa dina de admirarse
tan menudo animal sin niervo y hueso
encima tan gran máquina arrastrarse,

crïar el agua un cuerpo tan espeso
como la concha, casi fuerte muro
reparador de todo caso avieso,

todo de fuera peñascoso y duro,
liso de dentro, que al salir injuria
no haga a su señor tratable y puro),

el nácar, el almeja y la purpuria
venera, con matices luminosos
que acá y allá del mar siguen la furia.

¡Ver los marinos riscos cavernosos
por alto y bajo en varia forma abiertos,
do encuentran mil embates espumosos;

los peces acudir por sus inciertos
caminos con agalla purpurina,
de escamoso cristal todos cubiertos!

También verás correr por la marina,
con sus airosas tocas, sesga y presta,
la nave, a lejos climas peregrina.

Verás encaramar la comba cresta
del líquido elemento a los extremos
de la helada región, al fuego opuesta;

los salados abismos miraremos
entre dos sierras de agua abrir cañada,
que de temor Catón suelta sus remos.

Veráse luego mansa y reposada
la mar, que por sirena nos figura
la bien regida y sabia edad pasada,

la cual en tan gentil, blanda postura
vista del marinero, se adormece
casi a música voz, süave y pura,

y en tanto el fiero mar se arbola y crece
de modo que, aun despierto, ya cualquiera
remedio de vivir le desfallece.

En fin, Montano, el que temiendo espera
y velando ama, sólo éste prevale
en la estrecha, de Dios, cierta carrera.

Mas ya parece que mi pluma sale
del término de epístola, escribiendo
a ti, que eres de mí lo que más vale;

a mayor ocasión voy remitiendo,
de nuestra soledad contemplativa,
algún nuevo primor que della entiendo.

Tú, mi Montano, así tu Aldino viva
contigo, en paz dichosa, esto que queda
por consumir de vida fugitiva;

y el cielo, cuando pides, te conceda
que nunca de su todo se desmiembre
ésta tu parte y siempre serlo pueda.

Nuestro Señor en ti su gracia siembre
para coger la gloria que promete.
De Madrid, a los siete de setiembre,
mil y quinientos y setenta y siete.

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GLOSA DEL SONETO «PASANDO EL MAR LEANDRO...»


Entre el Asia y Europa es repartido
un estrecho de mar, do el fuerte Eolo,
con ímpetu terrible embravecido,
muestra revuelto el uno y otro polo:
de aquí la triste moza, desde Abido,
siente a su amigo entre las ondas solo;
aquí dio fin al último reposo,
pasando el mar, Leandro el animoso.

De un ardiente querer, de un mozo ardiente
la más ardiente llama aquí se muestra,
que de un pecho gentil, noble y valiente,
da aquel furor que el fiero niño adiestra.
¡Oh milagro de amor, que tal consiente!
¡Oh estrella en rodear mil glorias diestra,
pues mansa le aguardaste feneciendo,
en amoroso luego todo ardiendo.

No torbellino de aire ni nublado,
no por las aguas, con helado viento,
subirse el ancho mar al cielo airado,
temblar el alto y bajo firmamento,
al animoso mozo enamorado
pudieron detener solo un momento;
el cual, la blanca espuma ya partiendo,
esforzó el viento, y fuese embraveciendo.

Los brazos y las piernas ya cansadas
mueve el mozo gentil con pecho fuerte
y lucha con las ondas alteradas,
mas antes con el fin ya de su suerte.
¡Oh Parcas!, ¿cómo sois tan mal miradas
en no aguardarle, a la tornada, muerte?,
pues ya cortando va el pecho amoroso
las aguas con un ímpetu furioso.

Déjale, ¡oh Parca!, ver dentro en los brazos
de su querida y de su amada Hero,
concédeles que den sendos abrazos
en remembranza de su amor primero;
aplaca el mar que en tantos embarazos
por evitar, se puso, un gozo entero;
¿ya no le ves sin fuerza y sin reposo,
vencido del trabajo presuroso?
[...]

[...]
Los brazos con flaqueza y pesadumbre,
ya de puro cansado, mueve apenas:
ora se ve del cielo allá en la cumbre,
ora revuelto en medio a las arenas.
Dice, volviendo a ver su clara lumbre:
«Luz que tan dulce escuridad me ordenas»;
mostrando por tal fin ser más dichoso,
que de su propia vida congojoso.

En esto el viento, con furioso asalto,
hiere la torre de la bella Hero,
que, muerta y desmayada, en lo más alto
está esperando a su amador primero,
mas viendo al mar tan intratable y falto
y el mundo triste, al espantable agüero,
regando sus mejillas, casi helada,
como pudo esforzó su voz cansada.

Probó esforzar su voz, mas cuando quiso
detúvola el dolor que la ocupaba,
y el órgano, forzado, al improviso,
en sospirar profundo lo exhalaba;
de aquí tomó la desdichada aviso
que su caro Leandro ya faltaba,
y tornando a cobrar la voz primera,
a las ondas habló desta manera:

«¡Oh turbias aguas que so el gran tridente
del repentino dios vais gobernadas.
paz a mi bien metido en la corriente,
paz ya, por Dios, corrientes alteradas;
socorro al dulce esposo prestamente,
socorro, que en mi mal vais concertadas,
socorro -dice- a mi Leandro y vida!»
Mas nunca fue su voz dellas oida.

Mas ¿quién podrá contar, ¡oh avaro cielo!
las quejas que en el viento el mozo pierde
viendo, presente tanto desconsuelo,
quebrarse el tronco de su vida verde?
Dijo a la mar, forzando el sutil velo
del aliento vital que al alma muerde:
«Dejadme allá llegar, ondas, siquiera,
ondas, pues no se excusa que yo muera.»

Y procediendo con el ruego honesto:
« ¡Hero, Hero! -pasito profería-
¡oh cara Hero, oh Hero!, ¿qué es aquesto?
¿quién nos aparta, oh cara Hero mía?»
Un golpe muy furioso le dio en esto
que el aliento postrero en él desvía;
queriendo hablar, su voz fue aquí acabada:
«Dejadme allá llegar, y a la tornada.»

No pudo más porque en el pecho helado
el alma fuerza tanta no cobraba,
y queriendo salir del cuerpo amado
a la fria boca un poco de aire daba.
Al fin, con sospirar breve y cortado
que el nombre de Hero casi pronunciaba,
dijo difuto y muerto en su salida:
«Vuestro furor esecutá en mi vida.»

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SONETOS

1

Es tanto el bien que derramó en mi seno,
piadoso de mi mal, vuestro cuidado,
que nunca fue tras mal bien tan preciado
como este tal, por mí de bien tan lleno.

Mal que este bien causó jamás ajeno
sea de mí, ni de mí quede apartado,
antes, del cuerpo al alma trasladado,
se reserve de muerte un mal tan bueno.

Mas paréceme ver que el mortal velo,
no consintiendo al mal nuevo aposento,
lo guarda allá en su centro el más profundo;

sea, pues, así: que el cuerpo acá en el suelo
posea su mal, y al postrimero aliento
gócelo el alma y pase a nuevo mundo.



2


¿Cuál nunca osó mortal tan alto el vuelo
subir, o quién venció más su destino,
mi clara y nueva luz, mi sol divino,
que das y aumentas nuevo rayo al cielo,

cuanto el que pudo en este bajo suelo,
¡oh estrella amiga, oh hado peregrino!)
los ojos contemplar que de contino
engendran paz, quietud, guerra y recelo?

Bien lo sé yo, que Amor, viéndome puesto
do no sube a mirar con mucha parte
olmo, pino, ciprés, ni helado monte,

de sus ligeras alas diome presto
dos plumas y me dijo. «Amigo,¡guarte
del mal suceso de Ícaro o Fetonte!»



3


Hase movido, dama, una pasión
entre Venus, Amor y la Natura
sobre vuestra hermosísima figura,
en la cual todos tres tienen razón;

buscan quien les absuelva esta quistión
con viva diligencia y suma cura,
y es tan alta, tan honda y tan oscura
que no hay quien dalle pueda solución

Ponen estas querellas contra vos:
Venus, que le usurpáis su sacrificio,
Amor, que no lo conocéis por dios,

Natura dice, y jura por su oficio,
que de vuestra impresión nunca hizo dos
y que ingrata le sois del beneficio.

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EPÍSTOLA A UNA DAMA


¡Ay dura ley de amor que así me obliga
a no tener más voluntad de aquella
que me ordena el rigor de mi enemiga!

Navío que en alto mar perdió la estrella
es, de tan rico don desnuda, el alma,
siendo la voluntad nueva alma della.

Tiene de mí la vitoriosa palma
otro querer, cual suele otro elemento
distribuir al mar tormenta o calma:

es el incontrastable mandamiento
de mi señora, rayo presuroso
a quien se humilla y tiembla el firmamento.

Perder la voluntad caso es lloroso,
mas ¿cómo llora aquel que para el llanto,
sin ajeno poder, no es poderoso?

¡Extrañeza de amor digna de espanto,
que tras tan largo mal sin resentirme,
quiere que el mismo mal no sienta tanto!

Y no sólo me impide el descubrirme,
mas quiere que no pueda y que no quiera,
y mata y, tras matar, niega herirme.

Pues digo que así quiero y que quisiera
poderme anticipar con la obediencia
al mandamiento, aunque más duro fuera,

y pues desnudo estoy de la potencia
para negar, conviértase mi vida
en alta ejecución de la sentencia,

que aquella voluntad, ya reducida
en otra, espero yo que el tiempo vea
negociarme piedad nueva y crecida.

Mas ¿cómo podrá ser que así no sea,
pues forzosa piedad me tiene y debe
la voluntad que allá se está y emplea?

No es corazón humano tan de nieve,
¡oh duro pecho fuerte y de diamante
a quien tanto penar no le conmueve!)

¡ay!, que el que ve a un miserable amante
vivir, morir y amar, luego se inflama
de celo en tanto ardor firme y constante.

Mas nueva voz me acude y me reclama,
dentro del más secreto pensamiento,
que rompedor de fe me nombra y llama,

diciendo: «El mandamiento y juramento
rompes, de no escribir antes ni agora
la causa y ocasión de tu tormento.»

Entiende, pues, hermosa usurpadora
de mi albedrío, cuán libre, sin mentirte,
está de culpa el alma que te adora,

pues si te escribo, es sólo por decirte
que ella obedecerá cuanto quisieres,
y no por ofenderte ni escribirte.

Sola una cosa no querría, si quieres,
y no podré querer, que es el no amarte,
lo cual no está en poder, siendo quien eres.

Y así de nuevo torno a consagrarte
la dada fe, que nunca desconcierte
del punto adonde está por observarte;

puede muy bien la inexorable muerte
romper la nueva estambre de mi vida,
mas no el deseo de siempre obedecerte.

Y no pienses que agora obedecida
dejas de ser porque te escribo, siendo
tu voluntad de mí tan bien cumplida,

pues juro por los ojos do me enciendo
que solamente escribo porque veas
con cuántas fes fundar mi fe pretendo,

y, sólo porque tengas y, poseas
con más seguridad mi fe firmada
y lo que en lengua oíste en carta leas,

no por duda o temor que quebrantada
será jamás de mí ni ha jamás sido,
mas sólo por razón bien ordenada.

Y porque no la cubra ciego olvido
de vil costumbre, bien será que quede
esto por ley de amor establecido,

pues siempre renovar se me concede
la escrita fe, que en el discurso humano
tanto con Dios, y en ti tan poco, puede;

y tú también, con más piadoso y llano
trato, me escribirás que yo confirme
la nueva obligación de propria mano,

y no te agraviarás por escribirme
si escribes por usar tu cetro y mando,
siendo lo ya mandado repetirme.

De nuevo yo mi fe saldré obligando
de jamás escribirte, aunque, escribiendo
uno y otro, escribir fuese alcanzando,

y así, la fe y el mando repitiendo,
imposible será después quebrarse
tan alta convención cual voy tejiendo.

No porque el fuerte pino, al comenzarse
de su nueva raíz, si un brazo extiende,
deja con mil raíces de arraigarse,

con quien después se ampara y se defiende
del riguroso y descortés invierno,
que apenas hoja dél daña y ofende;

tu mandamiento así, pues, blando y tierno
dentro mi pecho está cual niño en cuna,
conservando el poder largo y eterno

para que el tiempo, al fin, muerte, y fortuna,
caso, destino, providencia y arte
no me puedan entrar en suerte alguna.

Aquí verás quien tanto sabe amarte,
si es bien que de Boscán robe el sujeto
para mejor sus males declararte:

así como al más noble y alto efeto
excede amor, del cielo y de natura,
así es más alto y noble mi conceto.

No tiene mi verdad sincera y pura,
cierta, abundante, y de sí misma llena,
necesidad de ajena compostura:

sería de Libia a la quemada arena
agua pedir el húmido oceano,
y a la ortiga su olor el azucena,

del seco invierno el dulce abril temprano
flores coger, y la desierta cumbre
de hierba enriquecer al fértil llano,

robar el claro sol belleza, lumbre,
a la noche, sería, más triste y fea,
y el mundo renovar suerte y costumbre.

Permita Amor que esta verdad se lea
de ti, que siendo así, no dudo cierto
que con más alta luz se entienda y crea:

a pecho que es de amor guarida y puerto,
a frente de valor tan rica y llena,
cualquier cerrado abismo es aire abierto;

a ojos cuya luz viva y serena
al mismo sol, según los alza y mueve
toda niebla de error se le enajena,

a púrpura tan fina y fresca nieve,
tan largo oro sotil, tan ondeado,
esle cualquier secreto cierto y breve;

a encendido coral tan bien cortado,
entre el claro marfil muy liso y puro,
todo le debe ser claro y tratado;

a cuello de cristal, coluna y muro
de todo bien, a mano tan hermosa,
será lo más incierto más seguro.

Quédese, pues, aquí mi dolorosa
y baja pluma, sólo con decirte
que, mientras no mandares otra cosa,
siempre te serviré de no escribirte.

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A UNA DAMA


Pues tan piadosa luz de estrella amiga
del cielo en mi favor baja y se emplea,
que por premio especial de mi fatiga
ordena esta ocasión que os hable y vea,
mis ojos mueva amor, y amor bendiga
mi lengua, cuya voz tan dulce os sea
que en vos haga el lugar que acá en mi pecho
vuestra gracia y beldad tienen ya hecho.

Mas ¿para qué invocar de la gran diosa
el niño arquero, estando vos presente?
Es toda luz oscura y tenebrosa
en pareciendo el sol en el oriente;
así pues, vos, mi sol, con luz hermosa
herís mi corazón tan altamente.
De vos para con vos el bien yo tenga,
sin que todo otro bien es bien que venga.

Pues ¡sus!, querida y dulce usurpadora
de mi albedrío, volved, piadoso y blando,
ese rostro gentil que me enamora
hacia estos ojos que le están mirando.
¡Oh sobre todas venturosa el hora
que os di mi libertad, dichoso el cuándo
me llamé vuestro, pues tan dulce y cara
me fue y será vuestra hermosa cara!

Dificultad no veo, cosa no siento
debajo el cielo ya que me resista,
pues vuela el animoso pensamiento
con alas del favor de vuestra vista.
Paraíso total de mi contento,
agora, porque el bien perfeto asista,
os pido que escuchéis lo que procura
deciros mi afición sincera y pura.

Paréceme también que en vos ya veo
grata y dulce atención por colocarme
donde apenas llegar puede el deseo,
y que fortuna al fin llegue a envidiarme;
pues digo, así, que el bien que yo poseo,
en la seguridad de vos amarme,
es tal que triste yo si tal no fuera
mil millares por él de vidas diera.

No llamo vida yo, mas baja muerte
el tiempo que viví sin conoceros;
más sin comparación, más noble suerte
es que el vivir el veros y quereros;
mas ¿cuánto y cuál será si alguno acierte
a voluntad recíproca volveros?
No sabe merecer tan rica palma
si no habilita el mismo bien el alma.

Ya que en tan alta silla de fortuna
con las alas de Amor me veo subido,
dos vidas gozo, porque vive en una
la que me aseguró de vuestro olvido;
mas ved cómo debajo de la luna
no hay acabado mal ni bien cumplido,
y cómo la tristeza a la alegría
siguiendo va, como la noche al día.

Mi día sereno y claro es verme amado
de vos, a quien me doy con fuerza tanta
que Amor de su poder queda espantado
(¡ved cuál será mi amor si Amor se espanta!);
la noche, que cubierta de ñublado
tras tanto bien me afloja y me quebranta,
es ver que por mi causa Amor ordena
el destino crüel, congoja y pena.

Bien sé que ese pesar tan descubierto,
ese vivo dolor que os atormenta,
es porque a nuestro amor el hado incierto
dificultades mil nos representa,
llevando, sin tomar playa ni puerto,
nuestro navío cercado de tormenta.
¡Ay hado descortés, cuánta amargura
celaste en el dulzor de mi ventura!

Pero destruya Amor, con dulce celo,
tan amargo pesar que así me alcanza,
no pueda ese atrevido desconsuelo
el fresco abril dañar de mi esperanza.
Muy lejos de los ángeles del cielo
vive el deseo, la pena y la mudanza;
¡sus, haga vuestra luz que me gobierna
en ambas almas primavera eterna!

Huye con el calor de vuestra lumbre
cualquiera tempestad lluviosa y fría;
no puede la terrena pesadumbre
los rayos eclipsar de mi alegría;
los ojos, donde amor tiene costumbre
venir para ilustrar el alma mía,
contra el duro desdén que los indina
harán su tierna aurora matutina.

Si por amarme vos puedo seguro
estar de cualquier pena (pues cualquiera
menos es que ésta) os juro y os conjuro,
por la encendida fe que amando espera,
que más no dure en vos pesar tan duro,
huya cual niebla al sol vana y ligera,
y no queráis que siendo vos mi vida
venga a ser cosa vuestra mi homicida.

Vendrá mi propia vida a ser mi muerte,
viniendo a ser en mí vuestro cuidado,
de más rigor, más poderosa y fuerte,
como rayo del sol reverberado;
después os causará mi dura suerte
pena mayor, más lamentable estado,
por ver de vuestra mano en mis heridas
cortado el rico hilo de dos vidas.

Así vuestra piedad dura adversaria
me verná a ser, en sí no concediendo
dulce y atenta oreja a mi plegaria,
y el mal irá por términos creciendo.
Huye un contrario la virtud contraria,
como la escuridad la luz viniendo,
mas ¿quién vido jamás daño tamaño
quererse así juntar con mayor daño?

No quiero que penseis que pida o hable
cosa tocante a vos, pero si pude
seros en cosa mía nunca agradable
(lo cual mi pura fe no es bien que dude),
con afeto de amor todo entrañable,
por esa misma os pido que en vos mude
nuevo estilo el dolor, porque siquiera
cosa agradable a vos por vos no muera.

No quiero que penséis que pida o hable
nace de la piedad que me tenéis,
piedad podéis tener del sentimiento
que con vuestro dolor me causaréis;
si viene, porque amor tarda, el contento
con las dificultades que sabéis,
el Amor fuerce a la Fortuna y pueda
nuestra conformidad más que su rueda.

Contra el velo mortal Fortuna extiende
su brazo, el cual no llega contra el alma,
mas vos, cuya beldad hiere, arde y prende
todo albedrío que esté en tormenta o calma,
siendo fuerza menor la que pretende
llevar de vos la triunfante palma,
con sólo el revolver de ojos airados
hacéis temblar las suertes y los hados.

Pues no me pienso yo que Amor obrando
y Fortuna crüel que fuese vuestro
me negarán (aquél dichoso cuándo
por quien es mi deseo tan gran maestro);
pueden andarme el tiempo dilatando
mas no el hilo cortar del gozo nuestro,
pues, a dos voluntades hecha una,
se rinde amor, el tiempo y la fortuna.

No tardará, mi bien, por más que tenga
difícil ocasión, nuestro deseo;
do no hay contradición fuerza es que venga
el bien, o por atajo o por rodeo;
aunque en invierno el sol más se detenga
allá con los antípodas, no veo,
por eso, que amanezca a nuestro mundo
menos hermoso, claro y, rubicundo.

Si a nuestro desear menos hiciese
esta dificultad que os turba el seno,
o que después el bien, cuando viniese,
por la tardanza, fuese menos bueno,
admito la razón que se sintiese,
por no perder un bien, de bienes lleno,
pero si el bien está todo en un punto,
¿por qué a mi bien el mal viene tan junto?

No niego que el deseo mientras más crece
tanto más el placer queda encogido,
mas esto es en el bien que compadece,
mas en el desear ni es bien cumplido;
no sólo a un bien cual vos, mi bien, empece
ni le debe empecer mal atrevido,
mas al mismo pesar vestir debría
de alegre luz, cual viste al alma mía.

Por ese oro sutil, nuevo y luciente,
que por mano de Amor se ordena y mueve,
por esa de marfil graciosa frente
donde tiene el abril perpetua nieve,
mi sol, os pido, y por la llama ardiente
que en mí la luz de vuestros ojos llueve,
que abráis a rato más gracioso y tierno
el alma, y gozarán las del infierno.

Salgan por esos ojos, de improviso,
amigos y amorosos resplandores,
el aire al derredor, hecho un Narciso,
trate lleno de luz consigo amores,
descubra mi terreno paraíso
en la desierta arena alegres flores,
y por él arda en amoroso celo
la tierra, el agua, el aire, el fuego, el cielo.

Sabroso idolo mio, vivid sin duda,
que agora, aunque Fortuna áspera y fiera,
con punta de dolor viva y aguda,
a vos, y a mí por él, maltrate y hiera,
aquella inclinación, que vuelve y muda
su rueda en torno, fácil y ligera,
por fuerza acudirá donde podamos
gozar de todo el bien que deseamos.

No siempre el aire está de nubes lleno,
no siempre el viento mueve a la mar guerra,
no siempre con furor de rayo o trueno
hiere Jove inmortal la baja tierra;
también su manto azul, claro y sereno,
suele el cielo mostrar, también se encierra
el viento, el mar también se pone quieto,
y Jove es apacible y mansüeto.

Después de un gran viaje, el peregrino
vuelve al albergue, de su vida incierto;
corre la nave el húmido camino,
de un polo al otro, y goza al fin del puerto;
a segura salud dudoso vino
el que poco antes se tenía por muerto:
así terná, después de un largo ultraje,
puerto alegre y salud nuestro viaje.

Desdeñan los espíritus gentiles
empresa a su valor no conviniente;
tienen dificultad las cosas viles,
las grandes no se alcanzan fácilmente;
sus obras, la natura, más sutiles
ser muchas y comunes no consiente,
y así sola una Fénix tiene el mundo,
y solo un sol, a vos sóla segundo.

Mirad ¡cuánta afición, el mozo hebreo
(aquél que con el ángel vino a brazos)
pasó con su Raquel, cuánto rodeo
del tiempo y trabajosos embarazos!
Dio venturoso fin a su deseo,
después que amor le puso entre los brazos
de la que le hizo andar siete y siete años
amoroso pastor de sus rebaños.

Mirad con cuánta fuerza y cuánta pena,
el mancebo real convierte y tira
en uso alegre la vencida Helena,
tras quien fue lo demás fuego y mentira.
El mismo Jove sale en el arena,
nadando sobre el mar que Creta mira,
hecho un valiente toro, con la bella
ninfa que Europa fue su nombre della.

Mas recogiendo, en suma, lo que quiero,
y lo que con el alma os pido y ruego,
es que huya de vos todo severo
cuidado, usurpador de mi sosiego,
y no pueda pesar, grave o ligero,
escurecer la luz de nuestro fuego;
cosa no valga más, pues todo cuanto
mira acá bajo el sol no vale tanto.

Así como en saber, gracia y belleza,
nacistes para el mundo único ejemplo,
así mi fe, por última riqueza,
por honra suya Amor cuelga en su templo.
No me pudiera dar naturaleza
bien diferente del que yo contemplo,
pues tan nacidamente sois vos mía;
yo vuestro soy, cual es del sol el día.

De aquí podéis hacer cierto argumento
que, contra nuestro amor, jamás ventura
tendrá poder, pues tiene fundamento
en la necesidad de la natura.
Siempre fue claro el sol, movible el viento,
húmida el agua, fresca la verdura:
así, contra el crüel hado siniestro,
vos siempre mía seréis, yo siempre vuestro.

Mil cosas os diría desta manera
si, en tan dulce ocasión, no me abreviase
el tiempo y alegría perecedera.
¡Cuán tarde vino y cuán temprano vase!
Todo aquello demás que yo dijera,
y escucharlo de vos, por carta pase.
Mi vida, adiós, quedad tan persuadida
de mí cuanto de vos está mi vida.


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